Del amor y otros viajes

 

Soy hijo de padre obrero que no sabe que lo es, aunque tampoco lo niega. Se llama a sí mismo un “ruso”, aunque tampoco sabe nada de la revolución bolchevique. Mi mamá trabaja haciendo aseo en los edificios del norte aunque el trapero no le alcanza para limpiarles la conciencia a los burgueses.

Recuerdo esos días que se pasaban entre sueños mojados: pensando en la entrepierna de mis compañeras del colegio: viéndolas ahí sentadas, reciclando palabras inútiles de cualquier profesor, con un pie subido sobre la silla de adelante; imaginando el clima perfecto bajo esos calzoncitos transparentes.

En el colegio está de moda fumar, pues todos creen que el cigarrillo es como una pequeña máquina del tiempo con filtro con la que pueden crecer un poco más. Nadie crece: el cigarrillo nos queda grande. Siempre esperamos la ruta del colegio, un bus verde que parece una gran pipa metálica, al medio día; el paradero de la ruta queda a dos cuadras de unas canchas de microfútbol, donde casi todos los días matamos el tiempo a patadas.

Hoy no tengo muchas ganas de jugar así que voy a ver el partido desde esta pequeña tribuna improvisada con piedras y alambre, una red llena de peces-rocas, mientras le escribo algo —pues, les cuento, me gusta escribir— a la niña de 7b —creo que se llama Katherine— que tanto me gusta:

 

No apagues la luz

amor,

enciende el fuego en tus venas

llenas de gasolina,

no cierres los ojos

amor,

cierra las ventanas que dan a las calles

que huelen tanto a smog,

y dame un beso

antes de que caiga la noche

como un avión

al que se le tragó un pájaro

el motor

 

…Vuelvo al partido: les estamos ganando a los de octavo, siempre hemos sido mejores que ellos, o somos igual de malos, pero tenemos un jugador que hace la diferencia: liviano, buen pegue, piernas cortas, individualista… es más bien bajito, le hace honor a su apellido: Chaparro. Así sencillamente le decimos. Es como mi mejor amigo, juntos comenzamos a capar clases jugando The King Of Figthers en las maquinitas…

2 a 0. 4 a 0. 5 a 0… Esto no tiene sentido…

Se nos está haciendo tarde. Soy el único, creo, consciente del tiempo… ¿qué es el tiempo?... el juego hace olvidar lo que no importa.

— Se nos va a hacer tarde y nos va a dejar la ruta —les digo, gritando.

      Recogemos rápido las maletas y salimos corriendo… veo la ruta, a lo lejos… acaba de arrancar. Gritamos que nos paren… ¡Malparidos!…

Nos dejaron. Nos toca subir caminando. El colegio queda en un pueblo que Bogotá absorbió, con su basura, al sur. Muy al sur: Usme. Un amigo me contó que allí se formó la banda de rock colombiano, Génesis, y que vivían en una comuna hippie muy grande, donde cultivaban papas que comían con hongos al almuerzo… (Hay que pensar en algo para olvidar las piernas en esta subida que es más vertical que una escalera al cielo, hablando de hippies).

Llegamos tarde. Qué mierda. No nos quieren dejar entrar, ¡qué calor! Me dicen que a la segunda hora, es decir como a las dos y media, nos dejarán entrar… ¿Qué hacer mientras tanto?

Hace poco está de moda jugar “tapete”, es un juego de Play Station  que se llama Dance Revolution, o algo así; se trata de bailar, sobre un control que está en el piso, al ritmo de unas flechitas que se mueven por el televisor hacia arriba, arriba arriba, abajo, izquierda, arriba…  La gente que juega tiene que quitarse los zapatos para no dañar el control, de ahí ese olor tan hijueputa que, por defensa, olvido.

A mí no me gusta jugar esto. No me gusta casi nada. Lo casi es por la soledad. Me gusta la soledad… y la poesía que es mi paracaídas para tirarme en su abismo.

Voy escuchar música mientras tanto. Tengo un discman muy usado pero que aún sirve con Cds originales y/o nuevos: ¡qué descanso!

…Sólo busco un lugar

donde las gotas de la lluvia

de la muerte

no lleguen a mí

Donde el silencio atrape las palabras

que vuelan dentro de mí…

 

— Venga, Michael, ¿no va a entrar a clase?

— Creo que no porque voy a escribir algo para regalarle a Katherine —es mentira pues, como sabemos, ya le escribí—, nos vemos a la salida…

Es usual que alguno de nosotros cape clase. Se van y no me dicen nada más. Me voy a sentar en una de las sillas de cemento del parque principal del pueblo.

            Tan verde la tarde. La soledad otra vez es un zapato en la garganta. Algunos niños jugando con globos que vuelan mientras comen algodón de azúcar rosado, manzanas de dulce… Para qué habrán nacido estos niños, para qué nací yo… Por qué los veo como niños si yo también lo soy: tengo casi su misma edad…

            Recuerdo una vez que mi mamá fue al pueblo donde nació, San Antonio, Tolima, y trajo muchos racimos de plátanos, que estaban un poco verdes, entonces los envolvió en muchos periódicos para que maduraran… ¡Así es que yo he madurado!, sólo que, en vez de papel, he estado envuelto en soledad, ¡tanta soledad!…

            Pero bueno, y si a Katherine le gustara mi poema, seguro le gustaría yo: yo lo escribí, ¿o no es lógico, señor Aristóteles?… ¡Que tus afirmaciones se parezcan, por primera vez, a la vida!… y si yo le gusto a Katherine, ella me podría decir “venga, Michael, por qué escribe tantas locuras, no se da cuenta que si tuviera las venas llenas de gasolina ya me hubiera muerto, pero me gusta la idea de morirme con las venas llenas de gasolina, de inyectarme un galón de gasolina en las venas porque me siento tan sola como presiento está usted”…

            Y yo le hubiera dado un beso sin decirle nada, como aconseja Fernando González: “El beso se da y no se pide.”… ¿Sí ve, señor Aristóteles, que la filosofía sirve para algo, y no sólo como purina del ego?

            En fin, vencería la soledad, le diría: “ven, señora Soledad, viuda de Aristóteles, ven que te quiero dar un regalo”… Y apenas viniera emocionada corriendo la devolvería con un escupitajo en la cara.

            Y ya no necesitaría de ella para escribir poemas porque le diría a Katherine “préstame tu cuerpo para escribir sobre él un poema con mis labios”…

            ¡Sí que fantaseo!… voy a dormir, mejor, un rato debajo de este árbol, para seguir soñando.

(…)

— Michael, despierte que ya son las seis…

—  (…)

— Chino malparido, despiértese pues.

— Esperen… ¿Qué hicieron en clases?

— Nada raro, toca buscar unas cosas en unos libros, los presidentes de Colombia desde 1958… Unos mapas…

            Valientes tareas…

— Vamos a coger la ruta antes de que nos deje otra vez. —les digo.

— No, paila, no podemos, nos dijeron que los que no se subían al colegio en la ruta no podían cogerla a la bajada…

— ¡Se dan mucha garra esos hijos de perra!, ¿cómo así que no podemos?…

— Eso nos dijo la profesora Graciela. —la de contabilidad, una señora malgeniada que administra la ruta, y que aplica el método pedagógico más antiguo del mundo: la letra con sangre entra.

—  Cogemos bus o qué —pregunta Freddy, otro amigo…

            Entre los conductores de bus que trabajan en Usme y los estudiantes de nuestro colegio existe una especie de pacto imaginario: siempre nos llevan a trescientos pesos por cabeza, digo, persona… hablo como si fuéramos ganado… bueno, en los buses, todos lo somos.

            Decidimos no coger bus y gastarnos las monedas comiendo pan hawaiano, uno delicioso que venden al frente del parque, y que siempre está caliente cuando salimos de clases, e irnos caminando.

            Terminamos de comer. Tengo mucha hambre…

— ¿Y Chaparro, Camilo y Wilder? —pregunto.

— Ellos ya bajaron, cuando nosotros lo fuimos a despertar…

— Ah…

— Mire a Katherine, marica —me dicen.

— (…)

— Vaya y háblele, ¿no es que le gusta tanto?…

            Ahí viene, es tan bonita: tiene unos ojos tan transparentes que puedo ver la sombra de su alma de niña, de mujer, y ese cabello… se va a ir… será actuar y no pensar tanta maricada…

— Hola —le digo.

— Hola —me contesta como mirando a las amigas que se van y nos dejan solos; volteo la mirada y mis amigos aún están ahí, esperándome con risas entre los dientes.

— ¿Cómo estás, qué tal tus clases?

— Bien… ¿y usted por qué no entró al colegio?… no lo vi en todo el día…

— Es que tenía pereza, no… mentiras, es que todo el día estuve pensando en ti, y te escribí esto… —y le doy el papel que está arrugado porque lo tenía en el bolsillo de atrás y dormí encima de él…

— ¿Qué es eso?

— Un poema.

— Ah… ¿Cómo los de Pablo Neruda?

— No, a mí Neruda no me gusta.

— Es que yo no sé nada de poesías, son como palabras bonitas que salen del corazón de los enamorados —siento que tiene razón, porque siento que la amo…

— A ver:… ¿y el título?

— No tiene.

— ¿Por qué?

— Porque aún no he bautizado con ningún nombre lo que siento…

— Mmm… ¿por qué no me lo lee? —¡No!, a mí me da mucha pena leer en voz alta.

— (…)

— Está bien: —pero tengo un poco de miedo:

 

No apagues la luz

amor,

enciende el fuego en tus venas

llenas de gasolina,

no cierres los ojos

amor,

cierra las ventanas que dan a las calles

que huelen tanto a smog,

y dame un beso

antes de que caiga la noche

como un avión

al que se le tragó un pájaro

el motor.

 

—  (…)

            No te quedes tan callada, dime algo… ¡por favor!

— Muy bonito, ¿en serio usted escribió eso?

— Sí… pero pensando en ti, es como si tú me lo hubieras dictado, como si lo hubiéramos escrito juntos…

— Pero yo no escribo nada, usted es muy lindo por pensar eso de mí, ¿en serio quiere que le dé un beso?

            A mí hasta se me había olvidado que yo le había pedido un beso en el poema. ¿Será que la cagué?

— (…)

— No se ponga rojo que así no se ve tan bonito —¡en serio!—… de todas formas se lo voy a dar, venga…

Me acerco, la abrazo, le cojo la cinturita, ¡ese olor!… cierro los ojos…

(…; …;…;…)

— ¿Le gustó? —me pregunta… ¡Esas preguntas!, que si me gustó: ¡si Dios debe de ser como un beso suyo!…

— Sí, muchísimo.

— Qué bueno porque a mí también, besa como escribe, pero en mis venas tengo sangre, no gasolina…

— Mejor… ¡más calor, más calor!… —nos reímos juntos.

— Pero nos vemos mañana porque mis amigas me están esperando…

— Sí, a mí también.

— Entonces… chao.

— Chao.

            (…)

— Ah, pero mi poema, démelo.

— Chao.

— Gracias, chao.

Estoy volando, siento…

— Mírenle la cara a este man —me molesta mi primo Jhon.

— ¿Cómo le fue? —me preguntan todos.

            Yo sabía que habían visto todo, entonces…

— Mal, ni con un poema cedió.

            Nos reímos mucho porque todos sabemos lo que realmente pasó.

Comenzamos a bajar un poco rápido. El atardecer: en el cielo hay un incendio forestal de nubes. El frío llega con el viento que mueve  nuestros cabellos peinados con gel, gelatina y hasta aguapanela, ¡para que no crean que la pobreza no es dulce!

            No tengo ni  idea de qué hablarán. Ni me interesa. Me les alejo un poco para no escucharlos tanto y sus palabras no se mezclen con el recuerdo de ese beso, que fue como sentir que todo el mundo giraba en torno a nosotros dos, bueno, todo el universo…

            Porque cuando se ama es como si se le hiciera bataneo a la muerte. Parece que el rojo del paisaje nos quiere tragar de un mordisco. Los carros bajan como si fueran lanzados por una bodoquera… Ahora entiendo que Katherine y yo hemos estado sintiendo, en silencio, lo mismo todo este tiempo…

— ¡Ojo marica! —me gritan y me agarran del brazo halándome hacia el pedacito de andén de la carretera.

— ¡Casi lo coge ese bus! —¡hijueputa, sí!, y yo englobado pensando en ella: ahora las nubes tienen alambres de púas: casi me pinchan.

— Sí, qué miedo. —les digo un poco asustado, volviendo desinflado a la realidad.

Vamos por un barrio que se llama “El Oasis”, donde viven la mayoría de niños que estudian en mi colegio. Ahora vemos cómo el bus que casi me atropella baja muy, muy, rápido…

— Miren que va derechito a la quebrada… —dicen. Y claro que va, pero antes de atravesar una cerca, de romperla, el bus gira bruscamente y se pierde detrás de unos árboles: hay una curva cerrada y no podemos ver nada más.

— Sí, ¿qué tal se hubiera ido por la quebrada?… —dice Jhon.

            Hablamos de lo terrible que pudo haber sido un accidente, pues era, aparentemente, una ruta de nuestro colegio…

            Seguimos bajando y, cuando cruzamos la curva, en la que se había perdido el bus, escuchamos muchos gritos y vemos que la ruta está metida entre los arbustos…

            Ahora siento mucho miedo: el rojo del cielo se convierte en sangre; la noche cae, se tropieza, nos aplasta: sí es una ruta de nuestro colegio.

— Corramos a ver qué pasó —dice alguien…

La muerte fue la que nos hizo bataneo: el bus que tenía que llevar a mis amigos a casa, se los llevó al otro lado del silencio.

Tomasz Alen Kopera.jpg
                                                                   Obra: Tomasz Alen Kopera
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Del amor y otros viajes

Basuco y otras des-apariciones

Desaparecer hombres

Es el acto favorito

De los magos

En el circo del poder

 

¿Ha probado usted el basuco?… no me haga esa cara: responda. No se vaya a ir que no le va a pasar nada. Mire que le quiero contar una historia, escuche, no le ponga cuidado a la lluvia: mójese un poquito, mire los niños cómo no le tienen miedo al agua.

Estábamos en la L, qué… ¿que no sabe dónde es?… en una casa semidestruida y solitaria. Un bombillo rodeado de moscas iluminaba las paredes… o lo que quedaba de ellas (nos habíamos fumado la mitad de los ladrillos) dejando ver algunos grafitis muy coloridos hechos por raperos. Éramos diez, más o menos, guiados por la sombra temblorosa del basuco por el camino sin curvas de la muerte. Fumándonos la noche en una pipa. Sintiendo cómo la noche palpitaba en nuestro corazón… porque fue en la noche, bien entrada: como a las doce, que escuchamos afuera los gruñidos de una camioneta abriendo la puerta a patadas. Entraron una mujer, y cinco o seis hombres, haciendo mala cara. O no hacían nada: era natural en ellos: ¿quién no va a tener esa cara cuando la conciencia se le ha vuelto un cementerio?

“¡Se me salen de aquí chirris hijueputas!”. Disparos ahogan el aire. ¡Cómo no! Miedo: basuco al cuadrado. Salimos corriendo. Tropecé y caí de culo al lado de ellos. Qué… ¿que quiénes son “ellos”?… ahora la muerte, ¡puta vida!… la muerte sacó un pañuelo y me secó los ojos: “¿se quiere ganar 50 luquitas o qué?”… vuelvo a atravesar el útero como un tobogán: “claro, señor, claro”. Me pasaron dos arrumes de periódico y pegante: tenía que cubrir todas las paredes, el piso y el techo, de la casa, con ese papel.

Afuera se emborrachan y planean lo que van a hacer… no: yo no sé. Fue rápido. Cuando ya había caminado unos cuantos pasos, uno de ellos me llamó y me dio un billete de cincuenta mil nuevo, al que le alumbraban los bigotes de Jorge Isaacs… ¿no conoce a María?… “¡Se me va de acá!”. Gritaron.

Ya, lejos, vi que sacaban de la parte de atrás de la camioneta tres personas amarradas. Sí… en serio. Dolor: burbujas de sangre explotan en sus caras. Galones con sufrimiento… no sé; utensilios de cocina, de medicina, moto… cerraron la puerta…

Desde ese día siempre me acompaña esa misma pesadilla.

Que no lo ha probado… menos mal.

 

16

Basuco y otras des-apariciones

El pelo azul de leona

Sí: no nos veíamos hace tiempo, pero pude recorrer todo el recuerdo, de lado a lado de la escalera, entre parada y parada de Transmilenio: Cuando le metíamos como nariz de ozzy hormiguero, digo, oso hormiguero, un pedazo de tapa arrugada —de esas azules de tarros donde hace años venían los caldos Maggis, los de la tapita azul (¿o era gallina?)— a las maquinitas para que nos diera créditos como sumando con los dedos y poder seguir tocando los botones: acariciarlos era un juego muy play.

Y el combo de Leona… ¡oh, Leona!… Leona tenía el pelo azul y después de darle patadas en el culo a quien peleara con ella, le ponía una pequeña bomba brillante con un alfiler en la corbata o la gorra, o se la echaba en el bolsillo, y luego estallaba en unos pocos segundos 3, 2, 1… y cuando terminaba el tiempo decía en buen inglés: Why did you do it?/You never had a change.

Leona se vestía con un shortcito verde y una pistola larga como sus piernas. Leona era el amor de mi vida. Yo soñaba todas las noches con ella, pensaba en cómo conquistarla.

En medio de la oscuridad y de la inspiración que viene cayendo con la lluvia en las tejas baratas que el viento levanta mostrando la luna desnuda y sola mientras el niño se despierta con gotas de agua en su cara y se para y orina y mira el cielo y piensa en Leona y sonríe, la vida es bella porque existes Leona, porque el amor existe, porque el amor es un bello sueño en medio de una meada.

Y tú te llevaste a Leona aunque ella se había enamorado de mí, de nuestros secretos… y nunca lo supo. Porque todos se creen autores de las obras anónimas. Te la llevaste lejos de mis sueños y mi incipiente olor a cigarrillo… Ahora sé porqué no sonrío.

leona
                          Imagen: Leona Heidern

 

El pelo azul de leona

Gnomos, cacaos y otras borracheras

I

Lo que pasa es que los viernes la universidad toma un aire festivo: a trago y perfume baratos, a tomémonos un chorro porque siempre estamos cumpliendo años: porque todos los años no comienzan al mismo tiempo. Y los estudiantes se vienen bien bañados y peinados, con las botas bien embetunadas, con algunos billetes y condones en las billeteras, y con una canción en la cabeza al lado del gel o la crema para peinar. Y los punkeros compran Jabón Rey en la tienda al lado de su casa en Chapinero, no para la lavar su cochina ropa, sino para pararse las crestas hasta el techo. Y necesitan desahogarse, es decir, vomitar todo lo aprendido en el resto de la semana.

El trago funciona: las mujeres se ven más lindas que de costumbre. Eso debe ser porque olvidan lo aprendido, y una faldita, si uno se pone a pensar, vale más que las obras completas de Freud, que tanto se obsesionó con el sexo.

Yo sé porqué les digo, o pregúntenle al profesor que negocia su nota con la joven estudiante. También el humo de marihuana hace presencia entre estas ruinas grafiteadas que llaman campus. Y aparecen poetas entre esta masa de cadáveres maquillados: poetas de porro y diccionario en mano. Y la pregunta ideo-lógica es “¿cómo fue la vaca?”… y un silencio del tamaño de las barbas de Marx.

Las fotos. Caen la noche y los besos, con botellas desocupadas, con estómagos vacíos. Y el punkero pelea con el profesor porque la chica es la novia de él… como los ganchos de sus orejas. Y ya no están tan bien peinados, pero la música aumenta de volumen. Y parece que todo es distinto, que cada momento es único, que todos los tragos de Old John tienen sabor diferente, que los condones servirán de algo y no sólo para hacerse la paja sin untarse… pero todo se acaba, cuando se pone bueno, como un orgasmo.

II

Bajando por la 19 con 19 horas, en ese momento del día en el que los carros patinan en el asfalto encharcado de alcohol, 3 amigos se resisten a que termine la farra, y si de retardantes se trata, para retener el mareo y las erupciones de vómito con zanahorias jamás comidas, no hay nada mejor que hacer las paces con el perico.

Compran un trago en Las Nieves, al lado del hotel donde Luis Ospina grabó Soplo de vida. Y otra vez al Planetario, como lunas ebrias dando vueltas en el centro de la ciudad. Sacan una guitarra, de un estuche negro y remendado, donde soñaba con la noche.

Uno, dos, tres cigarrillos: porque cualquier gota de alcohol es suficiente para sumergir el acelerador de las ganas de fumar y que falte todo menos el humo en los pulmones.

Dios se une a ellos por largos hilos de alcohol que bajan del cielo: se ríen, gritan, se suben en las estatuas del parque La independencia, las orinan, se toman fotos degollando con un bisturí a nuestros fríos héroes. Cantan:

 Dancemos ebrios

a la orilla de la muerte

donde se ahogan nuestros prejuicios

al lado de colillas

de cigarrillos.

Dancemos ebrios

y libres

sobre botellas vacías

en un mar del alcohol.

Uno de los 3 —cualquiera, escoja usted— saca de sus bolsillos una manotada de cacaos sabaneros: quieren sumergir sus neuronas en el yacusi inconsciente de la escopolamina. Aquí, en Bogotá, se consiguen en cualquier potrero, o a precio de morita en cualquier olla. Se comen de a 1, 2, 3, 4, 5, 3, 6, 9… un perro caliente les ladra desde el carrito, un avión les caga encima: qué buena suerte tienen. Las estrellas, con dientes cariosos, les dicen que todo está bien, sigue tu camino y no te detengas amigo…

Aquí, en este espacio, hay una pequeña laguna, báñese usted en ella.

III

Primer borracho

1

Lo despiertan en el portal de Usme porque se quedó dormido soñando que le estaba haciendo el amor a la mamá de un amigo en medio de una balacera.

2

Lo despiertan los gritos de madre —no la de su amigo sino la suya— porque se quedó dormido en el baño mientras cagaba.

3

Lo despiertan los gritos de madre —la suya, otra vez— para que vaya a la iglesia a rezar, le avisa que lo han llamado como mil veces al teléfono que conteste esa vaina que no nos dejó dormir en toda la noche…

— Esto no puede seguir así, ¡Dios mío, ayúdame a dejar esta vida de vicios! —se dice frente al espejo.

— Venga, marica, ¿usted sabe?… —habla solo, en el vientre de la calle—… ¡uy verdad que ese marica ya se fue!… ¿Cierto que ese marica ya se fue?

 

Segundo borracho

1

— Venga, marica, ¿usted sabe?… —habla solo, en el vientre de la calle—… ¡uy verdad que ese marica ya se fue!… ¿Cierto que ese marica ya se fue?

— Sí, ese marica ya se fue.

2

Sueña que está luchando en la guerra de Vietnam, junto a los gringos, y le pregunta al del lado que si la película que está viviendo es rusa o gringa…

— ¡Deje de ser imbécil colombiano hijo de puta!, dispare más bien…

Lo despierta el teléfono antes de morirse.

                                                                                                                                                                                    Tercer borracho

Se despide del segundo borracho a pocos metros de su casa en el norte de la ciudad. Atraviesa un largo parque. Escucha las conversaciones de los árboles que siempre se están burlando de los hombres. Se acerca; se sienta. Escucha mejor:

— Los humanos fundaron toda la filosofía moderna en el pienso luego soy, para terminar en el que piensa pierde —dice algún árbol.

— Sí, es mejor vivir como nosotros: tranquilos, pues ni siquiera podemos hablar —dice algún otro árbol más pequeño.

Le parece terrible que los árboles hablen, no porque lo hagan, sino por lo que dicen.

Camina un poco más y ve, a lo lejos, un gnomo —sí, un gnomo— que se le acerca despacio. El borracho, de un momento a otro, comienza a reírse a grandes carcajadas, que rompen, como vidrio que besa el pavimento, el silencio de la noche; luego lo golpea: rompiéndolo también. El gnomo, pronto y sin ninguna resistencia, queda inconsciente.

Comienza a racionalizar de la siguiente manera: “nadie me va a creer que se me apareció un gnomo, primero, porque los gnomos no existen, bueno, eso creía yo… pero mírelo ahí, tendido en el asfalto, quien le viera esa ropa pensaría que se iba a trabajar… pero, retomemos la idea, ¡ah sí!: nadie me va a creer, entonces me voy a llevar a este gnomo hijueputa para la casa… y mañana se lo muestro a mis amigos a ver si es que no me van a creer…”

Se lo lleva, agarrándolo de los pies, arrastrado, pues parece que es pesado. Abre la puerta de su casa, suavemente —después de buscar por un par de minutos las llaves— y siente un gran alivio de vivir en el primer piso. Entra a su cuarto y corre con los pies la ropa sucia tirada en el piso y la amontona debajo de su cama; mete al gnomo, con gran esfuerzo, en su closet y cierra la puerta con llave. Le dice buenas noches y se acuesta a dormir.

Lo despiertan estos gritos:

— Venga, loco-hijo-de-su-gran-puta-madre-malparido, ¡déjeme salir de aquí!… me van a echar del trabajo…

Epílogo

 

— Ya cállese gnomo hijueputa, ¿Qué hago?… voy a llamar a mis amigos.

      Primer borracho no contesta.

      Segundo borracho, espere un momento…

— Marica, póngale cuidado que ayer, apenas nos despedimos, me encontré un gnomo… (trata de interrumpirlo el segundo borracho pero no puede)… y como sabía que ustedes no me iban a creer me lo traje para la casa y lo encerré en mi closet para mostrárselo. Está todo alborotado, venga rápido a mi casa…

— Deje de ser loco, usted lo que está es borracho. Además tengo mucho sueño para sus cuentos…

— Créame, por favor, si quiere escuche… —y pone la bocina al lado del clóset donde, efectivamente, se escuchan tremendos gritos—… venga por favor a mi casa y le muestro…

— (…) —parece que le está creyendo.

— …Y dígale también a Víctor —por fin sabemos cómo se llama uno de estos borrachos degenerados— que venga… ¡no sean así! —cuelga.

El segundo borracho llama a Víctor.

— Sí, buenos días —mira el reloj—, perdón, buenas tardes… por favor Víctor.

— No está, está en la iglesia, y para qué sería, ¿usted es el amigazo con el que se la pasa tomando mi hijo?…

Cuelga. “Que coma mucha mierda esa señora”. Piensa.

El tercer borracho decide ir solo a casa del segundo borracho, pues, no lo olvidemos, viven cerca.

Golpea, una, dos, tres veces, “ta-tan-ta-tata”.

— Qué hubo marica, vamos y le muestro… —caminan rápidamente, llevando sus sombras a rastras—… pille ahí está ese gnomo hijueputa que no se calla…

No abra esa puerta, todavía…

— Tranquilo que yo lo amansé ayer…

— Escuche: además no parece la voz de ningún gnomo, parece la voz de cualquier persona… ¿Usted qué fue lo que hizo?

— Tranquilo, relájese, más bien mire…

Y entra la llave en la cerradura de la puerta del closet, suavemente… la  gira, poco a poco, y, ¡de repente!, salta el pequeño hombre con la cara rota y un aviso anaranjado en el pecho que dice: “MINUTOS A CELULAR A 200”.

Imagen: South Park
                                           Imagen: South Park
Gnomos, cacaos y otras borracheras

Ladridos I

 

***

Habita una nube de humo

Que nace en los pulmones de las calles.

Duerme             sueña

Que pisa las flores que nacen

En las plantas

De sus pies.

 

***

Los recuerdos:

Puntillas que se oxidan

En la memoria

De los árboles.

 

***

La mentira convertida en un enano en mi garganta

Roba monedas de los bolsillos de la noche. 

 

***

Su olor frío: sombras azules

Su boca

Ese bus que no me lleva a ninguna parte.

 

***

Seré traficante de órganos:

Le sacaré el hígado al cielo

Mientras duerme ebrio en mi cabeza.

 

***

No todo está dicho

Pues nadie ha escrito

Lo que yo repito.

Ladridos I

Canción de cuna para convertir un niño en monstruo

 

Tengo un huevo de ballena

lleno de semen con espermatozoides preñados

por un gallo de pelea sin navajas pero con pistola

Sin pólvora pero que dispara

Proyectiles donde nadan sin saber

los peces a los que les dio diabetes

porque eran de agua dulce

Pero no de goma

Y aun así se los comió mi amigo vegetariano

con la conciencia libre de crueles proteínas.

Y el huevo también tiene otras cosas:

Sorpresas:

El poema que escribiste cuando feto

con larvas de moscas

sobre la clara

y sin quebrarlo:

Ante todo la limpieza en el crimen.

No cojas el vicio de pensar

No piensas      luego juegas

Y si existes peor

porque te quieres meter la bala en la cabeza

con la pistola de juguete

heredada de tu hermano mayor

El que no se suicida mientras duerme

Por el que no hay que vestirse de sombra

—ni valdrá la pena la fiesta—

aunque se ponga la chaqueta de muerto.

Aprende muy bien que los cadáveres

abandonaron hace tiempo los cementerios

Que ahora caminan por todas partes:

las calles, las empresas, los aviones, las casas,

las calles otra vez

porque donde más se ven es en las calles

y no en el cine

y huelen tan mal que espantan las ratas

y las pulgas de las ratas

y —por consiguiente— las novias de las pulgas de las ratas

Y el formol aumenta de precio

No olvides (nunca) la ley de la oferta y la demanda

que se mete en todo…   hasta en una sopa comunista

Ni que la noche es una pista de baile

Donde puedes lanzar trompos          —no trampas—…

Y el mundo lleno de trompos sin cuerda

y la noche sin pavimento

y los sueños dormidos

y las pesadillas tomando café con vigilia y canela

y el amor es más necesario que la hemoglobina para la sangre y los huesos

y con las pupilas unidas con chicle a la mierda…

de donde recoges el huevo vacío

Por sí solo.

 

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                                               “Los segadores andaluces” Andrés Masson

Canción de cuna para convertir un niño en monstruo