Gnomos, cacaos y otras borracheras

I

Lo que pasa es que los viernes la universidad toma un aire festivo: a trago y perfume baratos, a tomémonos un chorro porque siempre estamos cumpliendo años: porque todos los años no comienzan al mismo tiempo. Y los estudiantes se vienen bien bañados y peinados, con las botas bien embetunadas, con algunos billetes y condones en las billeteras, y con una canción en la cabeza al lado del gel o la crema para peinar. Y los punkeros compran Jabón Rey en la tienda al lado de su casa en Chapinero, no para la lavar su cochina ropa, sino para pararse las crestas hasta el techo. Y necesitan desahogarse, es decir, vomitar todo lo aprendido en el resto de la semana.

El trago funciona: las mujeres se ven más lindas que de costumbre. Eso debe ser porque olvidan lo aprendido, y una faldita, si uno se pone a pensar, vale más que las obras completas de Freud, que tanto se obsesionó con el sexo.

Yo sé porqué les digo, o pregúntenle al profesor que negocia su nota con la joven estudiante. También el humo de marihuana hace presencia entre estas ruinas grafiteadas que llaman campus. Y aparecen poetas entre esta masa de cadáveres maquillados: poetas de porro y diccionario en mano. Y la pregunta ideo-lógica es “¿cómo fue la vaca?”… y un silencio del tamaño de las barbas de Marx.

Las fotos. Caen la noche y los besos, con botellas desocupadas, con estómagos vacíos. Y el punkero pelea con el profesor porque la chica es la novia de él… como los ganchos de sus orejas. Y ya no están tan bien peinados, pero la música aumenta de volumen. Y parece que todo es distinto, que cada momento es único, que todos los tragos de Old John tienen sabor diferente, que los condones servirán de algo y no sólo para hacerse la paja sin untarse… pero todo se acaba, cuando se pone bueno, como un orgasmo.

II

Bajando por la 19 con 19 horas, en ese momento del día en el que los carros patinan en el asfalto encharcado de alcohol, 3 amigos se resisten a que termine la farra, y si de retardantes se trata, para retener el mareo y las erupciones de vómito con zanahorias jamás comidas, no hay nada mejor que hacer las paces con el perico.

Compran un trago en Las Nieves, al lado del hotel donde Luis Ospina grabó Soplo de vida. Y otra vez al Planetario, como lunas ebrias dando vueltas en el centro de la ciudad. Sacan una guitarra, de un estuche negro y remendado, donde soñaba con la noche.

Uno, dos, tres cigarrillos: porque cualquier gota de alcohol es suficiente para sumergir el acelerador de las ganas de fumar y que falte todo menos el humo en los pulmones.

Dios se une a ellos por largos hilos de alcohol que bajan del cielo: se ríen, gritan, se suben en las estatuas del parque La independencia, las orinan, se toman fotos degollando con un bisturí a nuestros fríos héroes. Cantan:

 Dancemos ebrios

a la orilla de la muerte

donde se ahogan nuestros prejuicios

al lado de colillas

de cigarrillos.

Dancemos ebrios

y libres

sobre botellas vacías

en un mar del alcohol.

Uno de los 3 —cualquiera, escoja usted— saca de sus bolsillos una manotada de cacaos sabaneros: quieren sumergir sus neuronas en el yacusi inconsciente de la escopolamina. Aquí, en Bogotá, se consiguen en cualquier potrero, o a precio de morita en cualquier olla. Se comen de a 1, 2, 3, 4, 5, 3, 6, 9… un perro caliente les ladra desde el carrito, un avión les caga encima: qué buena suerte tienen. Las estrellas, con dientes cariosos, les dicen que todo está bien, sigue tu camino y no te detengas amigo…

Aquí, en este espacio, hay una pequeña laguna, báñese usted en ella.

III

Primer borracho

1

Lo despiertan en el portal de Usme porque se quedó dormido soñando que le estaba haciendo el amor a la mamá de un amigo en medio de una balacera.

2

Lo despiertan los gritos de madre —no la de su amigo sino la suya— porque se quedó dormido en el baño mientras cagaba.

3

Lo despiertan los gritos de madre —la suya, otra vez— para que vaya a la iglesia a rezar, le avisa que lo han llamado como mil veces al teléfono que conteste esa vaina que no nos dejó dormir en toda la noche…

— Esto no puede seguir así, ¡Dios mío, ayúdame a dejar esta vida de vicios! —se dice frente al espejo.

— Venga, marica, ¿usted sabe?… —habla solo, en el vientre de la calle—… ¡uy verdad que ese marica ya se fue!… ¿Cierto que ese marica ya se fue?

 

Segundo borracho

1

— Venga, marica, ¿usted sabe?… —habla solo, en el vientre de la calle—… ¡uy verdad que ese marica ya se fue!… ¿Cierto que ese marica ya se fue?

— Sí, ese marica ya se fue.

2

Sueña que está luchando en la guerra de Vietnam, junto a los gringos, y le pregunta al del lado que si la película que está viviendo es rusa o gringa…

— ¡Deje de ser imbécil colombiano hijo de puta!, dispare más bien…

Lo despierta el teléfono antes de morirse.

                                                                                                                                                                                    Tercer borracho

Se despide del segundo borracho a pocos metros de su casa en el norte de la ciudad. Atraviesa un largo parque. Escucha las conversaciones de los árboles que siempre se están burlando de los hombres. Se acerca; se sienta. Escucha mejor:

— Los humanos fundaron toda la filosofía moderna en el pienso luego soy, para terminar en el que piensa pierde —dice algún árbol.

— Sí, es mejor vivir como nosotros: tranquilos, pues ni siquiera podemos hablar —dice algún otro árbol más pequeño.

Le parece terrible que los árboles hablen, no porque lo hagan, sino por lo que dicen.

Camina un poco más y ve, a lo lejos, un gnomo —sí, un gnomo— que se le acerca despacio. El borracho, de un momento a otro, comienza a reírse a grandes carcajadas, que rompen, como vidrio que besa el pavimento, el silencio de la noche; luego lo golpea: rompiéndolo también. El gnomo, pronto y sin ninguna resistencia, queda inconsciente.

Comienza a racionalizar de la siguiente manera: “nadie me va a creer que se me apareció un gnomo, primero, porque los gnomos no existen, bueno, eso creía yo… pero mírelo ahí, tendido en el asfalto, quien le viera esa ropa pensaría que se iba a trabajar… pero, retomemos la idea, ¡ah sí!: nadie me va a creer, entonces me voy a llevar a este gnomo hijueputa para la casa… y mañana se lo muestro a mis amigos a ver si es que no me van a creer…”

Se lo lleva, agarrándolo de los pies, arrastrado, pues parece que es pesado. Abre la puerta de su casa, suavemente —después de buscar por un par de minutos las llaves— y siente un gran alivio de vivir en el primer piso. Entra a su cuarto y corre con los pies la ropa sucia tirada en el piso y la amontona debajo de su cama; mete al gnomo, con gran esfuerzo, en su closet y cierra la puerta con llave. Le dice buenas noches y se acuesta a dormir.

Lo despiertan estos gritos:

— Venga, loco-hijo-de-su-gran-puta-madre-malparido, ¡déjeme salir de aquí!… me van a echar del trabajo…

Epílogo

 

— Ya cállese gnomo hijueputa, ¿Qué hago?… voy a llamar a mis amigos.

      Primer borracho no contesta.

      Segundo borracho, espere un momento…

— Marica, póngale cuidado que ayer, apenas nos despedimos, me encontré un gnomo… (trata de interrumpirlo el segundo borracho pero no puede)… y como sabía que ustedes no me iban a creer me lo traje para la casa y lo encerré en mi closet para mostrárselo. Está todo alborotado, venga rápido a mi casa…

— Deje de ser loco, usted lo que está es borracho. Además tengo mucho sueño para sus cuentos…

— Créame, por favor, si quiere escuche… —y pone la bocina al lado del clóset donde, efectivamente, se escuchan tremendos gritos—… venga por favor a mi casa y le muestro…

— (…) —parece que le está creyendo.

— …Y dígale también a Víctor —por fin sabemos cómo se llama uno de estos borrachos degenerados— que venga… ¡no sean así! —cuelga.

El segundo borracho llama a Víctor.

— Sí, buenos días —mira el reloj—, perdón, buenas tardes… por favor Víctor.

— No está, está en la iglesia, y para qué sería, ¿usted es el amigazo con el que se la pasa tomando mi hijo?…

Cuelga. “Que coma mucha mierda esa señora”. Piensa.

El tercer borracho decide ir solo a casa del segundo borracho, pues, no lo olvidemos, viven cerca.

Golpea, una, dos, tres veces, “ta-tan-ta-tata”.

— Qué hubo marica, vamos y le muestro… —caminan rápidamente, llevando sus sombras a rastras—… pille ahí está ese gnomo hijueputa que no se calla…

No abra esa puerta, todavía…

— Tranquilo que yo lo amansé ayer…

— Escuche: además no parece la voz de ningún gnomo, parece la voz de cualquier persona… ¿Usted qué fue lo que hizo?

— Tranquilo, relájese, más bien mire…

Y entra la llave en la cerradura de la puerta del closet, suavemente… la  gira, poco a poco, y, ¡de repente!, salta el pequeño hombre con la cara rota y un aviso anaranjado en el pecho que dice: “MINUTOS A CELULAR A 200”.

Imagen: South Park
                                           Imagen: South Park
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