Del amor y otros viajes

 

Soy hijo de padre obrero que no sabe que lo es, aunque tampoco lo niega. Se llama a sí mismo un “ruso”, aunque tampoco sabe nada de la revolución bolchevique. Mi mamá trabaja haciendo aseo en los edificios del norte aunque el trapero no le alcanza para limpiarles la conciencia a los burgueses.

Recuerdo esos días que se pasaban entre sueños mojados: pensando en la entrepierna de mis compañeras del colegio: viéndolas ahí sentadas, reciclando palabras inútiles de cualquier profesor, con un pie subido sobre la silla de adelante; imaginando el clima perfecto bajo esos calzoncitos transparentes.

En el colegio está de moda fumar, pues todos creen que el cigarrillo es como una pequeña máquina del tiempo con filtro con la que pueden crecer un poco más. Nadie crece: el cigarrillo nos queda grande. Siempre esperamos la ruta del colegio, un bus verde que parece una gran pipa metálica, al medio día; el paradero de la ruta queda a dos cuadras de unas canchas de microfútbol, donde casi todos los días matamos el tiempo a patadas.

Hoy no tengo muchas ganas de jugar así que voy a ver el partido desde esta pequeña tribuna improvisada con piedras y alambre, una red llena de peces-rocas, mientras le escribo algo —pues, les cuento, me gusta escribir— a la niña de 7b —creo que se llama Katherine— que tanto me gusta:

 

No apagues la luz

amor,

enciende el fuego en tus venas

llenas de gasolina,

no cierres los ojos

amor,

cierra las ventanas que dan a las calles

que huelen tanto a smog,

y dame un beso

antes de que caiga la noche

como un avión

al que se le tragó un pájaro

el motor

 

…Vuelvo al partido: les estamos ganando a los de octavo, siempre hemos sido mejores que ellos, o somos igual de malos, pero tenemos un jugador que hace la diferencia: liviano, buen pegue, piernas cortas, individualista… es más bien bajito, le hace honor a su apellido: Chaparro. Así sencillamente le decimos. Es como mi mejor amigo, juntos comenzamos a capar clases jugando The King Of Figthers en las maquinitas…

2 a 0. 4 a 0. 5 a 0… Esto no tiene sentido…

Se nos está haciendo tarde. Soy el único, creo, consciente del tiempo… ¿qué es el tiempo?... el juego hace olvidar lo que no importa.

— Se nos va a hacer tarde y nos va a dejar la ruta —les digo, gritando.

      Recogemos rápido las maletas y salimos corriendo… veo la ruta, a lo lejos… acaba de arrancar. Gritamos que nos paren… ¡Malparidos!…

Nos dejaron. Nos toca subir caminando. El colegio queda en un pueblo que Bogotá absorbió, con su basura, al sur. Muy al sur: Usme. Un amigo me contó que allí se formó la banda de rock colombiano, Génesis, y que vivían en una comuna hippie muy grande, donde cultivaban papas que comían con hongos al almuerzo… (Hay que pensar en algo para olvidar las piernas en esta subida que es más vertical que una escalera al cielo, hablando de hippies).

Llegamos tarde. Qué mierda. No nos quieren dejar entrar, ¡qué calor! Me dicen que a la segunda hora, es decir como a las dos y media, nos dejarán entrar… ¿Qué hacer mientras tanto?

Hace poco está de moda jugar “tapete”, es un juego de Play Station  que se llama Dance Revolution, o algo así; se trata de bailar, sobre un control que está en el piso, al ritmo de unas flechitas que se mueven por el televisor hacia arriba, arriba arriba, abajo, izquierda, arriba…  La gente que juega tiene que quitarse los zapatos para no dañar el control, de ahí ese olor tan hijueputa que, por defensa, olvido.

A mí no me gusta jugar esto. No me gusta casi nada. Lo casi es por la soledad. Me gusta la soledad… y la poesía que es mi paracaídas para tirarme en su abismo.

Voy escuchar música mientras tanto. Tengo un discman muy usado pero que aún sirve con Cds originales y/o nuevos: ¡qué descanso!

…Sólo busco un lugar

donde las gotas de la lluvia

de la muerte

no lleguen a mí

Donde el silencio atrape las palabras

que vuelan dentro de mí…

 

— Venga, Michael, ¿no va a entrar a clase?

— Creo que no porque voy a escribir algo para regalarle a Katherine —es mentira pues, como sabemos, ya le escribí—, nos vemos a la salida…

Es usual que alguno de nosotros cape clase. Se van y no me dicen nada más. Me voy a sentar en una de las sillas de cemento del parque principal del pueblo.

            Tan verde la tarde. La soledad otra vez es un zapato en la garganta. Algunos niños jugando con globos que vuelan mientras comen algodón de azúcar rosado, manzanas de dulce… Para qué habrán nacido estos niños, para qué nací yo… Por qué los veo como niños si yo también lo soy: tengo casi su misma edad…

            Recuerdo una vez que mi mamá fue al pueblo donde nació, San Antonio, Tolima, y trajo muchos racimos de plátanos, que estaban un poco verdes, entonces los envolvió en muchos periódicos para que maduraran… ¡Así es que yo he madurado!, sólo que, en vez de papel, he estado envuelto en soledad, ¡tanta soledad!…

            Pero bueno, y si a Katherine le gustara mi poema, seguro le gustaría yo: yo lo escribí, ¿o no es lógico, señor Aristóteles?… ¡Que tus afirmaciones se parezcan, por primera vez, a la vida!… y si yo le gusto a Katherine, ella me podría decir “venga, Michael, por qué escribe tantas locuras, no se da cuenta que si tuviera las venas llenas de gasolina ya me hubiera muerto, pero me gusta la idea de morirme con las venas llenas de gasolina, de inyectarme un galón de gasolina en las venas porque me siento tan sola como presiento está usted”…

            Y yo le hubiera dado un beso sin decirle nada, como aconseja Fernando González: “El beso se da y no se pide.”… ¿Sí ve, señor Aristóteles, que la filosofía sirve para algo, y no sólo como purina del ego?

            En fin, vencería la soledad, le diría: “ven, señora Soledad, viuda de Aristóteles, ven que te quiero dar un regalo”… Y apenas viniera emocionada corriendo la devolvería con un escupitajo en la cara.

            Y ya no necesitaría de ella para escribir poemas porque le diría a Katherine “préstame tu cuerpo para escribir sobre él un poema con mis labios”…

            ¡Sí que fantaseo!… voy a dormir, mejor, un rato debajo de este árbol, para seguir soñando.

(…)

— Michael, despierte que ya son las seis…

—  (…)

— Chino malparido, despiértese pues.

— Esperen… ¿Qué hicieron en clases?

— Nada raro, toca buscar unas cosas en unos libros, los presidentes de Colombia desde 1958… Unos mapas…

            Valientes tareas…

— Vamos a coger la ruta antes de que nos deje otra vez. —les digo.

— No, paila, no podemos, nos dijeron que los que no se subían al colegio en la ruta no podían cogerla a la bajada…

— ¡Se dan mucha garra esos hijos de perra!, ¿cómo así que no podemos?…

— Eso nos dijo la profesora Graciela. —la de contabilidad, una señora malgeniada que administra la ruta, y que aplica el método pedagógico más antiguo del mundo: la letra con sangre entra.

—  Cogemos bus o qué —pregunta Freddy, otro amigo…

            Entre los conductores de bus que trabajan en Usme y los estudiantes de nuestro colegio existe una especie de pacto imaginario: siempre nos llevan a trescientos pesos por cabeza, digo, persona… hablo como si fuéramos ganado… bueno, en los buses, todos lo somos.

            Decidimos no coger bus y gastarnos las monedas comiendo pan hawaiano, uno delicioso que venden al frente del parque, y que siempre está caliente cuando salimos de clases, e irnos caminando.

            Terminamos de comer. Tengo mucha hambre…

— ¿Y Chaparro, Camilo y Wilder? —pregunto.

— Ellos ya bajaron, cuando nosotros lo fuimos a despertar…

— Ah…

— Mire a Katherine, marica —me dicen.

— (…)

— Vaya y háblele, ¿no es que le gusta tanto?…

            Ahí viene, es tan bonita: tiene unos ojos tan transparentes que puedo ver la sombra de su alma de niña, de mujer, y ese cabello… se va a ir… será actuar y no pensar tanta maricada…

— Hola —le digo.

— Hola —me contesta como mirando a las amigas que se van y nos dejan solos; volteo la mirada y mis amigos aún están ahí, esperándome con risas entre los dientes.

— ¿Cómo estás, qué tal tus clases?

— Bien… ¿y usted por qué no entró al colegio?… no lo vi en todo el día…

— Es que tenía pereza, no… mentiras, es que todo el día estuve pensando en ti, y te escribí esto… —y le doy el papel que está arrugado porque lo tenía en el bolsillo de atrás y dormí encima de él…

— ¿Qué es eso?

— Un poema.

— Ah… ¿Cómo los de Pablo Neruda?

— No, a mí Neruda no me gusta.

— Es que yo no sé nada de poesías, son como palabras bonitas que salen del corazón de los enamorados —siento que tiene razón, porque siento que la amo…

— A ver:… ¿y el título?

— No tiene.

— ¿Por qué?

— Porque aún no he bautizado con ningún nombre lo que siento…

— Mmm… ¿por qué no me lo lee? —¡No!, a mí me da mucha pena leer en voz alta.

— (…)

— Está bien: —pero tengo un poco de miedo:

 

No apagues la luz

amor,

enciende el fuego en tus venas

llenas de gasolina,

no cierres los ojos

amor,

cierra las ventanas que dan a las calles

que huelen tanto a smog,

y dame un beso

antes de que caiga la noche

como un avión

al que se le tragó un pájaro

el motor.

 

—  (…)

            No te quedes tan callada, dime algo… ¡por favor!

— Muy bonito, ¿en serio usted escribió eso?

— Sí… pero pensando en ti, es como si tú me lo hubieras dictado, como si lo hubiéramos escrito juntos…

— Pero yo no escribo nada, usted es muy lindo por pensar eso de mí, ¿en serio quiere que le dé un beso?

            A mí hasta se me había olvidado que yo le había pedido un beso en el poema. ¿Será que la cagué?

— (…)

— No se ponga rojo que así no se ve tan bonito —¡en serio!—… de todas formas se lo voy a dar, venga…

Me acerco, la abrazo, le cojo la cinturita, ¡ese olor!… cierro los ojos…

(…; …;…;…)

— ¿Le gustó? —me pregunta… ¡Esas preguntas!, que si me gustó: ¡si Dios debe de ser como un beso suyo!…

— Sí, muchísimo.

— Qué bueno porque a mí también, besa como escribe, pero en mis venas tengo sangre, no gasolina…

— Mejor… ¡más calor, más calor!… —nos reímos juntos.

— Pero nos vemos mañana porque mis amigas me están esperando…

— Sí, a mí también.

— Entonces… chao.

— Chao.

            (…)

— Ah, pero mi poema, démelo.

— Chao.

— Gracias, chao.

Estoy volando, siento…

— Mírenle la cara a este man —me molesta mi primo Jhon.

— ¿Cómo le fue? —me preguntan todos.

            Yo sabía que habían visto todo, entonces…

— Mal, ni con un poema cedió.

            Nos reímos mucho porque todos sabemos lo que realmente pasó.

Comenzamos a bajar un poco rápido. El atardecer: en el cielo hay un incendio forestal de nubes. El frío llega con el viento que mueve  nuestros cabellos peinados con gel, gelatina y hasta aguapanela, ¡para que no crean que la pobreza no es dulce!

            No tengo ni  idea de qué hablarán. Ni me interesa. Me les alejo un poco para no escucharlos tanto y sus palabras no se mezclen con el recuerdo de ese beso, que fue como sentir que todo el mundo giraba en torno a nosotros dos, bueno, todo el universo…

            Porque cuando se ama es como si se le hiciera bataneo a la muerte. Parece que el rojo del paisaje nos quiere tragar de un mordisco. Los carros bajan como si fueran lanzados por una bodoquera… Ahora entiendo que Katherine y yo hemos estado sintiendo, en silencio, lo mismo todo este tiempo…

— ¡Ojo marica! —me gritan y me agarran del brazo halándome hacia el pedacito de andén de la carretera.

— ¡Casi lo coge ese bus! —¡hijueputa, sí!, y yo englobado pensando en ella: ahora las nubes tienen alambres de púas: casi me pinchan.

— Sí, qué miedo. —les digo un poco asustado, volviendo desinflado a la realidad.

Vamos por un barrio que se llama “El Oasis”, donde viven la mayoría de niños que estudian en mi colegio. Ahora vemos cómo el bus que casi me atropella baja muy, muy, rápido…

— Miren que va derechito a la quebrada… —dicen. Y claro que va, pero antes de atravesar una cerca, de romperla, el bus gira bruscamente y se pierde detrás de unos árboles: hay una curva cerrada y no podemos ver nada más.

— Sí, ¿qué tal se hubiera ido por la quebrada?… —dice Jhon.

            Hablamos de lo terrible que pudo haber sido un accidente, pues era, aparentemente, una ruta de nuestro colegio…

            Seguimos bajando y, cuando cruzamos la curva, en la que se había perdido el bus, escuchamos muchos gritos y vemos que la ruta está metida entre los arbustos…

            Ahora siento mucho miedo: el rojo del cielo se convierte en sangre; la noche cae, se tropieza, nos aplasta: sí es una ruta de nuestro colegio.

— Corramos a ver qué pasó —dice alguien…

La muerte fue la que nos hizo bataneo: el bus que tenía que llevar a mis amigos a casa, se los llevó al otro lado del silencio.

Tomasz Alen Kopera.jpg
                                                                   Obra: Tomasz Alen Kopera
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