Milagros II

Cuando desperté todavía estaba dormida en el sofá. Intenté levantarme pero resbalé en el sudor de la noche, o en un poquito de vino derramado. Quiero exprimir el sol ácido. Me gusta verla así: abstraída del mundo, de lo que todos nos ponemos de acuerdo en llamar “realidad”.  Respira tranquilamente. Olvidó quitarse las gafas y los zapatos pero, aun así, se ve muy cómoda: sonríe en su sueño. Llevo mi rostro al suyo lo suficientemente cerca para sentir su aliento pero teniendo cuidado de no despertarla. Paso mi nariz por todo su cuerpo, comenzando por el cuello, y cuando llego a su ombligo —que está descubierto— ella parece estremecerse: cierra las piernas como si quisiera tener el mundo entero entre sus rodillas. No entiendo cómo después de una noche de tragos puede oler tan bien.

            Me emociono mucho: siento como si hubiera un concierto de Motörhead en mi corazón. Confieso que me excita mucho la forma en que habla de sí misma: con toda esa herencia cristiana y sus convencionalismos medievales en los que para poder echarte un polvo tenías que agradecerle a dios. Y dios bravo, ¿cierto?…

Milagros despierta, me llama con su dedo índice y me dice que me siente a su lado. Recién levantada se ve esplendida, radiante: toda la habitación se cubre con su energía, las sombras se suicidan. Me pregunta que qué pasó anoche. Pienso en decirle que pasó de todo, que la noche nos quedó corta, que multiplicamos todos los vicios y todas las virtudes de todas las religiones del mundo unidas: que el bien y el mal se fundieron y confundieron en nuestros orgasmos… pero le respondo la verdad: “nada”.

            Se ríe y me dice que soy muy tímido y me siento un imbécil. Mientras pienso que eso me da píe para tomar la iniciativa, ella me dice que si no me pasa que la resaca te calienta, que te sube la libido hasta las nubes. Le digo, sin poder ocultar mi alegría, que sí y que mis amigos siempre se burlan de mí cuando les cuento eso. Ella me dice que con sus amigas es igual pero que eso no importa, que con los dos es suficiente.

            Se quita las gafas, las pone a un lado del sofá, pero se caen y ella las patea a la mierda con sus tacones. Me toca la barbilla con las yemas de sus dedos y me pregunta que por qué la olía mientras dormía. Pienso en decirle que lo hice porque me fascina su cuerpo, su boca, esa boca con la que invoca a Cristo… pero callo.

            Me dice que ahora sí la huela que ella también quiere disfrutarlo y me toma suavemente del cuello, bajando mi cara, por debajo de su falda, a su sexo. Respiro profundo como si me estuviera ahogando y corro, tratando de ser delicado, su ropita hacia un lado; ahora mi lengua juega en su humedad, que va aumentando. Siento que ella exclama algo suavecito y cuando la miro tiene los ojos cerrados y retuerce su cuerpo hacia atrás. Me siento tranquilo: lo estoy haciendo bien. Milagros se quita su blusita dejando al descubierto los dos milagros de su madre. Beso sus tetas como un bebé recién nacido.

            Nos ponemos de píe y ella me desabrocha la correa, sin torpeza, me baja el pantalón y comienza a besar el mío, comenzando por los dos milagros de mi padre (que no sé cómo los hizo siendo ateo) y siento que ella sabe hacerlo, que casi ninguna mujer sabe hacerlo pero ella sí… Me comienzo a ir pero siento que no puedo terminar en ese momento, que eso sería muy triste; ridículo.

            La detengo. Ella parece entender, creo que tradujo mi respiración, el temblor en mis piernas. Milagros me señala su esencia con la mirada: me está invitando a que entre en ella. Me acerco, la beso detrás de las orejas, el pelo… ella respira fuerte, se queja, me dice “¡mételo!” y tomo mi sexo, al que le podrían amarrar con una cuerda un tractor, con la mano, y me sumerjo en ella… no sin antes agradecerle a dios.

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                              Fotografía: Eva Green
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