Los perros no entienden los mapas

 

I

No sé cómo la muerte se ha convertido en mi sombra, la llevo tatuada en toda mi sangre, no se ahoga, no perece; se impone. Es filosa como la razón: degolla mis sueños. Un perro ciego trata de cruzar una avenida empolvada, llena de buses destartalados. No puede. Me conmuevo, lo abrazo, tenemos el mismo miedo. Los árboles mueren arrodillados.

El sol es una burbuja que cae del cielo y se revienta al contacto con la ciudad, con las tejas de lata de mi casa. Cubitos de arena dañan el ventilador. Sudor. La pereza me quiere tirar de nuevo a la cama pero tengo que ir a estudiar.

            Me asomo por la ventana: ahí están ellos parados todavía, soy vecino del terror. En mi barrio llueven balas y no las predice la meteorología. Estamos en el centro: somos la yema de un huevo podrido que se comen los cuervos.

          Llegan las pandillas: que qué pasó que cómo fue. Las balas apagan el silencio. Mi hermanito de dos años se despierta, llora, aún no sabe nada de la vida y de la muerte, que no hay diferencia sustancial entre fabricar un ataúd o una cama. Sólo pienso que se me está haciendo tarde.

            Media hora después llega la policía.

II

La oscuridad coquetea, cruza la línea, roza con su lengua los dientes de la tarde. Las noticias de las siete: los muertos del día. (Pero, y si los muertos son sólo números, ¿amar las matemáticas es una relación necrofílica?). La casa se impregna de olor a sangre y mentiras. Mi papá, con arroz y plátano en la boca, mira el televisor, luego a  mi mamá y le grita: “María, mire, ¿ése no es el hijo de doña Delfina?”:

…Por cruzar frontera invisible muere joven de 14 años en la ciudad…

             Sí, efectivamente, por el gesto que hace mi mamá, sé que es el hijo de doña Delfina.

            ¿Quién será doña Delfina?

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Los perros no entienden los mapas

Dalila Dreaming de Carlos Castillo Quintero

Lejos de parecerse en la tonalidad a Chaparro o a Bolaño, como señala Pablo Montoya en el prólogo, al que con ese nombre le creería si hablara de automovilismo, o cosas por el estilo; Carlos Castillo, en los cuentos de Dalila Dreaming, canta con su propia voz, que es como un concierto de rock a media noche, tan estruendoso que sólo termina con la lectura de la última página… o cuando llaman la policía.

            El tono, en la mayoría de estos cuentos, es ebrio y alucinante. Pero no es la embriaguez del balbuceo: en el trasfondo de cada historia está el escritor lúcido que se toma en serio   —incluso demasiado, me parece— su oficio, y que conoce las mañas —las “técnicas” dirán ustedes— para escribir grandes historias, como las de Dalila Dreaming.

            Contra la baba espesa del crítico literario, del literato, y de toda esa gente que no es capaz de escribir un poema que no huela a retórica, a formol o a biblioteca, digo que Dalila Dreaming es un gran libro, por cosas muy sencillas: Primero, porque fui capaz de leerlo mientras cagaba o iba montado en los buses cebolleros de Bogotá, segundo, porque no me sentí estafado y los libros en el Fondo de Cultura Económica son muy caros, tercero, porque estoy seguro de que me lo volvería a  leer; y, por último, porque es un libro honesto: esto lo sé porque me he emborrachado con el profe, y después de leer Dalila Dreaming uno se remite a esos momentos de embriaguez, en los que todos —incluso él— éramos personajes de uno de sus cuentos.

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Dalila Dreaming de Carlos Castillo Quintero

El país de los poetas

 

Mi país

según las estadísticas

—quién lo creyera—

es el hogar de la mayor parte

de poetas del mundo

Ahora que me fijo

se ven por todas partes

en todas las calles

con esos gorritos de intelectuales

que lucen muy bien

con su sonrisa retórica

Caminan felices

porque ya se tomaron una cerveza

con César Vallejo

O con César Cano

Que viene siendo más o menos lo mismo

 

Preñan flores

en todas las esquinas

con versos de los grandes poetas

aprendidos de memoria

Fuman marihuana desde las terrazas de sus casas

y le echan piropos a las muchachas

que salen corriendo

 

Y si hay algo cierto

es que

¡cómo sufren los poetas colombianos!

—con signos de admiración y todo—

la vida y las editoriales

son muy crueles con ellos

 

Y que después que no se diga que en Colombia

no hay talento

eso sería un atrevimiento

con nuestros queridos

poetas colombianos.

 

El país de los poetas

Ladridos II

 

Y el sublime poeta dedicó sus versos al sol

y éste con sus rayos de fuego lo quemó

Y la luna con sus frías caricias sanó sus heridas

¡Y al marica poeta le cortaron la cabeza

y quemaron su cuerpo en la hoguera!

PARABELLUM

 

***

Voy a ensuciar sus días, estornudar en su desayuno, a enseñarles que los conceptos no son cuchillos sino lápidas mugrosas… para que vean que cuando se tiende la cama vuelan las angustias, y otras manchas, que se pegan a las sábanas en las consecutivas noches anteriores, o que cuando uno se lava los dientes hacen maromas en el lavamanos los besos alicorados que se aferran a la lengua como las sanguijuelas desnutridas que son.

 

***

Porque cambiar el bazuco por el cristianismo

no es rehabilitarse

Es cambiar de jíbaro.

 

***

La noche cae

Se   tropieza

Me aplasta.

 

***

Nunca escribí versos memorables

porque cuando los imaginé

estaba borracho

y se me olvidaron.

 

***

En el baño

—siempre—

al lado del papel higiénico

es necesario

un libro

de poemas.

 

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                                                      Imagen: Portada Parabellum – Sacrilegio
Ladridos II