Sueño de ruana

 

Estábamos tomándonos los chorros de guarapo con Guillermo Buitrago en la rockola de la loquita al lado de mi casa en Usme, cuando entra Jattin a pedir monedas para echarse los carrazos y le decimos que todo bien, que más bien se quede tomando con nosotros. Al rato comenzamos a cantar, entre todos, Dame tu mujer José.

Parece navidad. Pero no: para nosotros todos los fines de semana son navidad.

Sueño de ruana

La poesía nadaísta en el rock colombiano

(Primera parte)

Los nadaístas compartían con los hippies y los go-gós criollos algo más que el pelo largo. Hay quien dice que los nadaístas fueron los primeros hippies. Cosa que sería cierta si Jesucristo no hubiera sido el primer hippie de la historia: un hippie colado entre judíos, como pensó hace rato un filósofo alemán mientras cagaba.

            La música y la literatura, a través del tiempo, han ido de la mano, como una pareja de lesbianas caminando por Chapinero: orgullosas. Cuando ya nadie le paraba bolas a los nadaístas mientras quemaban libros —como cualquier Procurador—, o escupían hostias —como cualquier metalero noruego—, o repartían manifiestos —como cualquier estudiante de universidad pública—; les tocó ponerse a la moda y usar el rock and roll en sus fines publicitarios.

            La poesía y el rock colombiano comenzaban a coincidir en sus propósitos de rebeldía, principalmente, juvenil. Gonzalo Arango y Elmo Valencia componen canciones para Los Yetis de Medellín. Llegaron los peluqueros, de Arango, protesta contra los policías que se enamoran y cortan las cabelleras de los incipientes hippies criollos, siendo, de paso, una burla a la patria y a las instituciones estatales que se sostienen en helados mitos de piedra. Y claro, qué viva Brigitte Bardot, pues ella era la única que podía calentar los sueños eróticos de la época.

            Mi primer juguete, de Elmo Valencia, con humor negro, retrata la guerra, los miedos, pero también la indiferencia, que ella generaba en la juventud; es una mamadera de gallo pues la Bomba Atómica bien podría ser hecha de chicle.

            Pablus Gallinazo compone sus propias canciones, elogia la marihuana, el infierno, pues el cielo es muy aburrido y para allá se van las madres, los profesores y los sacerdotes. El Nadaísmo tiene cuernos.

            Jotamario Arbeláez, escribe canciones para Eliana, se confunden por la cabellera, no se sabe Cuál de los dos es la mujer. Hacen festivales de vanguardia, se reúnen, se emborrachan todos. Son amigos. Los poetas nadaístas y los músicos de rock coincidían generacionalmente en un momento de ruptura, en la que el arte y la cultura eran  “pólvora perfumada” para hacer la revolución.

…¡Muera la poesía!, ¡Viva el terror!

El nadaísmo es gentil armada de la revolución…

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Mi maldito silencio

 

I

Los óvulos que duermen sueños profundos en toallas higiénicas importadas, los espermatozoides que descansan en ataúdes enterrados bajo los calzoncillos de sus padres, nada saben. Nada saben de estas calles acorraladas por sueños de ceniza.

Las voces cantan cansadas, trasnochadas; arropadas de viento, luz de luna, bombillas lejanas y algunos cuerpos hermanos que no importan tanto cuando se disuelven en uno solo.

De una fábrica de motos en cobre nacen cassettes y algunos vinilos que paseamos de la mano como los hombres de bien sacan la novia a comer empanada y a desatorarse con helados hechos en las mismas neveras donde secan las medias del uniforme de la hija colegiala. Y la música arriba y el brandi abajo mordiendo las alas de la soledad.

Y esta misma “gente de bien” juzga de cerrado al rockero porque sólo escucha rock and roll. No saben que es lo mismo que decirle a cualquier hombre que es un imbécil porque sólo se acuesta con la mujer que ama.

II

Manos negras raspan la noche y se liberan esclavas de los grilletes de los sistemas.

 

Soy un desertor de la legión

de los conformes

porque no soy un robot

sin ilusiones…

 

Y ella está allá. Puertas abiertas bailan en el aire. Suspira palabras como flores de humo que se columpian sobre su pelo.

Me llama. ¿Qué hacer?…

III

Ahora sé porqué calló cuando nos vimos a los ojos, sé también porqué lo hice… ¿por qué lo hago?: Incapaz de alagarla con una bella mentira, la tengo a mi lado, rodeados por la niebla que escupe una máquina en el piso.

Tardan tanto en llegar las palabras que, de pronto, llega el novio, quizá, y se la lleva en una moto que arranca a una velocidad que envidiarían las que hacemos en cobre.

Debe estarla amando en este momento y yo creando excusas para recordar mi maldito silencio. Y no arrepentirme por haber callado.

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                                     Imagen: Fernando Maldonado. Tomada de: fmaldonadoart

 

Mi maldito silencio

Esperando un pacto con el diablo

 

La pared pintada con una sombra negra. En el centro una vela encendida en medio de una calavera ilumina botellas de licor vacías durmiendo en el piso. Sangre de gatos callejeros lista en copas de cobre para brindar con la muerte. Cristo bocabajo mira el cielo mientras el ruido de la música rebota en su cerebro.

            Eso ve la gente desde la calle. Es 1984. Ni Orwell se imaginó tanta mierda.

Llega el primero. Enciende un cigarro. Se sienta. Toma una guitarra acústica y comienza a tocar. Ahora tocan a la puerta. No es ella: es la policía. Aquí no ha pasado nada. Se van. Por qué tanta demora: los carros deben de estar atorados en las gargantas de las avenidas.

            El teléfono. “En 15 minutos llego”. ¿Qué hacer? Imaginar la canción, mirar el techo. Hay una mosca en el tocadiscos. Cementerios de telarañas en el cielo.

            Llega el segundo, el tercero. Destapan cerveza. Llega ella. El disco. Los prejuicios se ahorcan en un planeta sin gravedad.

No lo olvides nunca:

es un pacto con el diablo.

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          Imagen: Portada “Pacto con el Diablo” – Ángeles del Infierno
Esperando un pacto con el diablo