La poesía nadaísta en el rock colombiano

(Primera parte)

Los nadaístas compartían con los hippies y los go-gós criollos algo más que el pelo largo. Hay quien dice que los nadaístas fueron los primeros hippies. Cosa que sería cierta si Jesucristo no hubiera sido el primer hippie de la historia: un hippie colado entre judíos, como pensó hace rato un filósofo alemán mientras cagaba.

            La música y la literatura, a través del tiempo, han ido de la mano, como una pareja de lesbianas caminando por Chapinero: orgullosas. Cuando ya nadie le paraba bolas a los nadaístas mientras quemaban libros —como cualquier Procurador—, o escupían hostias —como cualquier metalero noruego—, o repartían manifiestos —como cualquier estudiante de universidad pública—; les tocó ponerse a la moda y usar el rock and roll en sus fines publicitarios.

            La poesía y el rock colombiano comenzaban a coincidir en sus propósitos de rebeldía, principalmente, juvenil. Gonzalo Arango y Elmo Valencia componen canciones para Los Yetis de Medellín. Llegaron los peluqueros, de Arango, protesta contra los policías que se enamoran y cortan las cabelleras de los incipientes hippies criollos, siendo, de paso, una burla a la patria y a las instituciones estatales que se sostienen en helados mitos de piedra. Y claro, qué viva Brigitte Bardot, pues ella era la única que podía calentar los sueños eróticos de la época.

            Mi primer juguete, de Elmo Valencia, con humor negro, retrata la guerra, los miedos, pero también la indiferencia, que ella generaba en la juventud; es una mamadera de gallo pues la Bomba Atómica bien podría ser hecha de chicle.

            Pablus Gallinazo compone sus propias canciones, elogia la marihuana, el infierno, pues el cielo es muy aburrido y para allá se van las madres, los profesores y los sacerdotes. El Nadaísmo tiene cuernos.

            Jotamario Arbeláez, escribe canciones para Eliana, se confunden por la cabellera, no se sabe Cuál de los dos es la mujer. Hacen festivales de vanguardia, se reúnen, se emborrachan todos. Son amigos. Los poetas nadaístas y los músicos de rock coincidían generacionalmente en un momento de ruptura, en la que el arte y la cultura eran  “pólvora perfumada” para hacer la revolución.

…¡Muera la poesía!, ¡Viva el terror!

El nadaísmo es gentil armada de la revolución…

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