Presentación Papeles para leer en el bus

Por Santiago González

Buenas noches. Como todos aquí bien sabemos, la poesía es una actividad infructuosa y malagradecida. Sobre todo si uno no hace parte de la rosca, no tiene talento o es un romántico masoquista que gusta de comer mierda. Como ganancias quizás encontremos esa perpetua sensación de delirio y la pasajera admiración de algunas señoritas ebrias. Cosas que no están nada mal. Pero la realidad es mucho más sombría: la billetera vacía, el cuerpo enfermo y las ganas intactas. Peor aún, para el mundo “real”, el poeta queda reducido a poco menos que un mugroso hippie. Un tipo vaciado, dotado de una sensibilidad chambona que se la pasa borracho y drogado lanzando injurias contra toda persona o institución que represente un orden. Y que además escribe versos ¡Versos! ¿Nadie les enseñó que podían escribir crónicas o cuentos? Menudos personajes que son los poetas.

Ahora bien, a modo de predicción diremos que el oficio del poeta, para esta segunda década del siglo XXI, será el de seguir bebiendo y ahora, gracias a internet, de componer finos memes para el regocijo del público virtual… ¡Ah! Y publicar de su bolsillo uno que otro libro de poesía, que sólo comprarán sus amigos y algún ingenuo que caiga bajo el encanto de estos embaucadores.

Y es que tenemos que reconocerlo. Quienes estamos aquí reunidos puede que no seamos unos maestros de la palabra. Nuestro vocabulario puede ser vulgar, nuestros versos chambones y nuestros modales bruscos… pero sabemos montar terapia. Y a fin de cuentas ¿Qué es la vida si no una terapia ni la hijueputa?

Una terapia que todos contamos y creemos. La terapia de los manes cayendo, la de las nenas cuando dicen que sólo es un amigo, la del niño que manipula a sus papás, la del juez y el abogado, la terapia de Estado, la Iglesia, el periódico y el centro comercial. Tantas terapias, tantos cuentos que nos han contado, muchos que hemos creído y muchos otros que no.

Y vean que desenmascarar todos estos cuentos es fácil. Un ejemplo claro: todos estos libros, todos estos billetes, todas las facturas y antologías son papel. Papel como el que utilizamos para limpiarnos el culo.  Papel que por una u otra terapia cobra un valor, tiene un significado.

Papeles, papeles llenos de terapia, papeles de esos que se leen en un baño, en un bus, como el libro que publicó Michael, un libro que retrata lo que es  vivir con la poesía y utilizarla para lidiar con este mundo de mierda, con las ganas de culiar, con la violencia, con la infancia perdida. Una terapia que vale la pena leer, no porque sea la cúspide del verso contemporáneo, porque eso ya lo hace el rap (y mucho mejor, por cierto) sino porque es sincero, porque proviene de las entrañas y sobre todo, porque es corto y ameno. Créanle al título cuando dice que son papeles para leer en el bus.

Para terminar quiero decirles que le compren el libro al chino. Juramos sobre lo que quieran que no lo vamos a gastar en chorro… y ustedes son unos maricas si nos creen. Buenas noches y disfruten de esta vaina.

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