Crónica de un viaje en cebollero

Esto es mejor que El barco ebrio

Al levantarme, quedó dando vueltas en mi cabeza la idea de que realmente lo que quería era seguir durmiendo; en ése momento vino a mí la primera imagen del bus: un puesto vacío, ojalá al lado de la ventana, para continuar soñando. Por estar pensando güevonadas se me está haciendo tarde.

Debo decir es que para mí no es nada extraño coger un bus, sí: coger (hago la aclaración porque mi amigo argentino me dice que qué clase de filia es ésta de estar cogiéndose los buses)… y yo le digo que ninguna, que esto no tiene nada de rico.

Hago la parada al bus poniendo cara de no tener ni un peso (como si no la tuviera) y elevando el dedo índice como quien le dedica un gol a dios; que esto, dentro de la compleja semiótica ñera, significa: “me lleva por luka”.

Cuando subo, entrego la monedita y pienso en que se pusieron de acuerdo en descontinuar los billetes de mil, al mismo tiempo que los buses, que el “me lleva por luka” está en proceso de chatarrización. Miro hacia la parte de atrás del bus, buscando algún puesto vacío y, cuando lo veo, recuerdo la imagen que tuve al levantarme. Al sentarme, pido un permiso que es medio incómodo, no sabría decir porqué, a una chica que está en la orilla. Comienza el viaje.

El bus  hace paradas cada dos cuadras y empieza a llenarse rápidamente. La mayoría de gente tiene el cabello mojado. El bus comienza a oler a shampoo, perfume barato y humo.

Son las 8am. Estoy en un trancón que se forma en la quebrada Yomasa, de Usme, porque hay como 14 semáforos que no se ponen de acuerdo entre ellos. Este trancón dura entre 10 y 15 minutos más o menos. Escucho una voz particular que conversa, bueno, se grita, con otra voz igualmente particular: son dos conductores de bus (bueno, sin eufemismos: dos buseteros), que manejan por la misma ruta: Centro/Lomas/Molinos:

– Entonces qué gonorrea, ¿sí me va a hacer el trabajito? —escucho que dice, entre risas, el conductor de mi bus.

– No… venga más bien usted que acá se la tengo… —Contesta el conductor del lado, haciendo un gesto como de que… sí, de que se lo mame.

Se sube un pasajero y el conductor de mi bus se distrae recibiendo lo del pasaje.

– ¿Qué?… ¿le da miedo?, cómo a su mamá no le dio miedo anoche —continua bromeando el conductor del lado, con una risa entre morbosa y sucia.

– Qué va… Su madre que la tiene como un colador…

Y el semáforo cambia, mientras los conductores siguen diciéndose cosas, llenos de risa en los dientes; comienzan a acelerar y lo último que alcanzo a escuchar es algo que creo nunca olvidaré: “Su madre que la tiene re grande como para echar tres, seis, nueve o siete, catorce, veintiuna…”. Me pareció hasta poético. Ahora me siento un cerdo. Mejor vamos a  intentar dormir.

Lo intento pero estoy traumatizado con el verso del busetero, además el grito del ayudante del conductor del bus, al que le dicen “pato”, repitiendo: “Por el centrico, por el centrico, colabóreme caballero”, no me deja descansar. Estoy esperando que alguien grite el típico: “Me va a llevar a la casa de su madre”, pero nada; me parece ahora que eso es algo inventado por la literatura, las telenovelas y los memes para estereotipar a los pobres pasajeros de buseta. Aunque, con toda mi vida montando en bus, claro que he escuchado decir eso, con múltiples variaciones: a la casa de su abuela, a la de su moza, a la de su madre pero más adjetivado: a la de su puta madre. Pero hay que ser fieles a la realidad, si es que hay realidad, y decir que esta vez no.

Veo que la muchacha que está a mi lado está leyendo un libro, pero no observo bien cuál, me entró la curiosidad de saber qué libro es. Quiero ver disimuladamente. Intento desde el reflejo de la ventana pero es inútil. Lo que sí veo es gente en la calle, en la entrada del “Samber”, en la carrera décima, y los calibradores de buses que, dentro de poco, serán unos desempleados más. Desisto. Pienso en que debe ser uno bien malo como: “El arte de hacer dinero”, o algo así, para consolarme.

Ahora se suben a vender dulces… y yo que pensaba que eso no iba a pasar en este viaje. Me hago el dormido.

Cuando se baja el vendedor, subo de nuevo la cara para ver la gente que está de píe: sus cabellos ya están secos, parecen malhumorados, ahora sólo huelen a humo.

El bus frena brusco y casi me golpeo la cabeza contra el puesto de adelante. Me gusta la velocidad con la que conduce el busetero, es peligroso eso sí, hay que decirlo: como se mete en la vía del Transmilenio, se pasa los semáforos en rojo y deja los pasajeros en medio de la carretera; pero con éste afán endulzado con egoísmo me lo aguanto.

Ya casi llego. Hay que decir que estas sillas son mucho más acolchadas que la de los Transmilenio y el SITP. La del frente tiene un forro, con forma de calzoncillo, que dice: “No fume” como en tres idiomas. Recuerdo que alguien me dijo que antes fumaban en los buses, en los cines y en todas partes; cómo me hubiera gustado haber vivido eso.

Llegué. En este punto se bajan varias personas a las que nos toca ir “por el centrico”. Pongo la maleta al frente para que no me roben nada, aunque no tengo sino libros. De pie puedo leer el título de la obra que estaba leyendo mi compañera de viaje, que es: “El vencedor está solo”, debe ser filosofía existencialista. Te dejo sola.

Cuando estoy en la parte de atrás, donde está el timbre, una señora bajita le dice a un muchacho alto: “Me hace un favor y me timbra” y el muchacho responde muy serio, sacando el celular: “¿Cómo es su número?”. Decido timbrar yo. Me bajo y como a dos cuadras entiendo el chiste… y me río solo como un idiota.

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                 Imagen: El siguiente programa

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