Los impostores de Rock al Parque

 

Se cancela el show de Gillman, por razones políticas, en Rock al Parque, situación que indigna a muchos de los rockeros colombianos. No debería indignar a nadie más. Si un chavista lo hace, es por circunstancias ajenas a su música. Si un antichavista se muestra satisfecho, también lo hace desde una posición externa al arte. Dicotomías simplistas, de amigo-enemigo, no tienen espacio en el Rock and Roll.

            No se trata, como creen muchos, de que Rock al Parque sea un escenario apolítico que dé cabida a todas las propuestas estéticas dentro del rock. Eso se obvia. Porque en el ser humano —de Aristóteles a Foucault, y antes y después— no hay nada apolítico. Lo esencial es hacer una diferencia, una separación, entre el autor y su obra. Cosa que tienen clara los rockeros pero, parece que no, algunos chavistas y antichavistas.

En Colombia nos hemos acostumbrado al discurso del odio, de la creación de un enemigo, porque ha sido sumamente práctico en la política. Todos caen. Pero el rockero —sin ser un abstraído, sino por el contrario, por tener sus botas en la realidad— no se deja engañar de estos impostores.

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                                                                      Gillman y Elkin Ramírez
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El poeta joven colombiano

(Un caso particular)

Primera parte

Cuando me he puesto a hablar con poetas de más o menos mi misma edad, casi siempre inevitablemente se empieza, o se termina, hablando mal de los otros poetas. Esos “otros” son los que “tienen la culpa” de que la poesía, y el arte en general, en Colombia vaya de mal en peor.

Entonces comienzan a decir que la razón por la que su obra poética no es reconocida, es porque en el país existe una “oficialidad”, un círculo cerrado, una suerte de complot: una alianza macabra entre editoriales, concursos literarios, organizadores de festivales y medios de comunicación, que es el motivo por el que su “valiosa obra” no obtiene la trascendencia que merece.

Es fácil escuchar, entonces, juicios como estos: “El concurso de la Casa de Poesía Silva sólo se lo ganan los amigos de los jurados”, “en Colombia hay que escribir de forma conservadora como la gente de la Raíz Invertida para que lo publiquen”, “ningún poeta ni crítico reseña mis libros (si los tienen) porque sólo les producen envidia”,  “a mí no me invitan a ningún festival de poesía grande porque el sistema está hecho para silenciar a los autores como yo”, “la poesía que llaman joven en el país la hace Federico Díaz-Granados que tiene 40, se cree de 20 y escribe como uno de 60”, etc.

En consecuencia, el poeta joven se margina, se auto-margina, cree que es un “incomprendido”, que su obra ha llegado en un momento histórico equivocado, que más adelante lo entenderán porque ahora sólo le canta a sordas estatuas. Y, es ahí, en esa auto-marginación, donde comienza a justificar sus borracheras y su mediocridad (las primeras muy dignas, por si acaso).

Y el poeta joven en Colombia, deriva, casi siempre, en una persona resentida, que tiene pesadillas con Federico y que necesita odiar y negar a los otros para justificar su propia “grandeza” (por eso habla mal de ellos), pero que, a la final, sólo se revuelca en su propia mediocridad…