Sobre el “Primer encuentro de poesía trasgresora”*

Para Andrés Santana

Toda la poesía debería ser trasgresora en sí, romper con el lenguaje, la convención, la tradición, la norma; la cotidianidad.  No sé si a nosotros (a mis amigos y a mí) nos dicen trasgresores por romper un montón de botellas, borrachos, o por hacernos vetar de todos los lugares donde leemos (esperemos que eso hoy no pase). Porque para romper botellas y hacernos vetar no necesitamos dárnoslas de poetas. Es más, les voy diciendo —para que algunas muchachitas se me vayan desilusionando— que yo no soy ningún poeta: yo soy es un rockero.

Señoras y señores, humanos y humanas, personos y personas, el alcoholismo no es un problema estético, sino un problema de salud pública. Emborracharte todos los días no te hará “maldito”, ni escribir como Hemingway si no tienes talento, por lo mucho terminarás matándote como él. Ni siquiera a Diomedes Díaz llegarás, así te huelas la Sierra Nevada de Santa Marta sembrada en una llave.

Nosotros no necesitamos de la pose de “malditos” o “trasgresores” para hacer la vaca de a mil pesos y comprarnos media de Old John, porque sabemos que todo trago es bendito si nos lo bebemos en la compañía de los socios, los amigos, sin importar que sea bajo el techo agujereado del cielo. Por eso, bájense de esa nube los que piensan que nos importa su farándula poética, sus poetas “malos” o “buenos”, su poesía “oficial” o “trasgresora”… o quizá mañana, a media noche, los baje una bala perdida de esas que se confunden con los voladores.


* Texto leído el 30 de diciembre de 2016 en el “Primer encuentro de poesía trasgresora” de donde, efectivamente, nos vetaron.

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Sobre el “Primer encuentro de poesía trasgresora”*

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Segunda parte

Treinta años después, en una Medellín que surge del vientre de la noche agujereada a balazos, y distantes del escándalo, del ruido de las palabras que nos unen a través de sus grietas; del deseo de fama, canta el feto que tenemos en la garganta. Años noventa. Los nadaístas que no han muerto están viejos, ahorcados en cualquier árbol del tiempo, echan sus babas en los periódicos oficiales, escriben con buena ortografía, dan talleres y cátedras en universidades y ganan concursos literarios como venezolanas Miss Universo: se ganan la plata como la gente de bien. No hay nada más reaccionario que una cana.

            En la calle los niños juegan todavía, aman, le hacen el quite al cemento. Los árboles, una banda de rock independiente, sin etiqueta y, tal vez, sin antecedente musical en el país, comienza a hacer pequeños conciertos: tienen un público selecto. Graban un demo y, en 1997, un disco con quince canciones editado en Lorito Recods, el sello de Federico López, músico y productor colombiano. En el disco homónimo (o sin nombre) sobresalen, para cualquier lector de poesía colombiana, los nombres de Amílkar U y Raúl Gómez Jattin, como letristas de dos de sus canciones: “El acre sabor de su carne incandescente” y “Antonio”.

          “El acre sabor de su carne incandescente” que, al parecer, fue el último poema que escribió Amílkar U, tiende a intimarnos. Aísla. Ensimisma. La soledad tiene su erotismo, nos muerde el cuello en un cuarto oscuro; nos fumamos el asfalto, las angustias, y el humo va de los pulmones a la sangre, a las uñas. Unos pocos momentos de euforia que, para algunos, pueden ser alegres, son como la vida misma: nos recuerdan que no hay felicidad completa. Hay nostalgia, sensualidad, un vacío tejido con abismos. La embriaguez: el atardecer nos hace sentir pequeños, en qué momento dejamos de jugar y nos convertimos en esto que ahora somos: este disfraz y este nombre al que respondemos.

El acre sabor de su carne

incandescente

me ahoga hasta el fondo

nítido de un amanecer espléndido

que se derrama sin clemencia…

 

Contrario a Los árboles, El pez fue una banda con una intensión distinta, por lo menos en el sentido comercial y mediático: grabaron su segundo disco Eléctrico & doméstico en Discos Fuentes, sonaron en la radio e hicieron conciertos relativamente grandes (hay que decir que El pez participó en las versiones de Rock al parque 98 y 99). Una poeta antioqueña de 30 años me dijo, mientras movía la cabeza con Superdotado, que no había paisas de su edad que no conocieran El pez. Marcó una generación.

            La música de El pez es pegajosa y alegre, rayan con el absurdo y el desencanto. Hay que disimular el tropiezo: hacer de la caída un vuelo.

           En algunas canciones del disco los versos del libro Buenos días noche, de Eduardo Escobar, llevan el ritmo. La vida es farra, un pogo suave, un trago de ron (así sea Ron Jamaica), un rapidín. Cortázar baila en Disneyland. Se marea, vomita. El Día perfecto no es para colgarse oyendo Lou Reed. Pero tampoco es para algo en especial; para fantasear apenas. El pez es un Cadáver exquisito.

            Sobre todo si se acompaña con un buen vino.

…Y duermo con un condón

en la cabeza

e intento no pensar más en mi mundo…

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La poesía nadaísta en el rock colombiano

La poesía nadaísta en el rock colombiano

(Primera parte)

Los nadaístas compartían con los hippies y los go-gós criollos algo más que el pelo largo. Hay quien dice que los nadaístas fueron los primeros hippies. Cosa que sería cierta si Jesucristo no hubiera sido el primer hippie de la historia: un hippie colado entre judíos, como pensó hace rato un filósofo alemán mientras cagaba.

            La música y la literatura, a través del tiempo, han ido de la mano, como una pareja de lesbianas caminando por Chapinero: orgullosas. Cuando ya nadie le paraba bolas a los nadaístas mientras quemaban libros —como cualquier Procurador—, o escupían hostias —como cualquier metalero noruego—, o repartían manifiestos —como cualquier estudiante de universidad pública—; les tocó ponerse a la moda y usar el rock and roll en sus fines publicitarios.

            La poesía y el rock colombiano comenzaban a coincidir en sus propósitos de rebeldía, principalmente, juvenil. Gonzalo Arango y Elmo Valencia componen canciones para Los Yetis de Medellín. Llegaron los peluqueros, de Arango, protesta contra los policías que se enamoran y cortan las cabelleras de los incipientes hippies criollos, siendo, de paso, una burla a la patria y a las instituciones estatales que se sostienen en helados mitos de piedra. Y claro, qué viva Brigitte Bardot, pues ella era la única que podía calentar los sueños eróticos de la época.

            Mi primer juguete, de Elmo Valencia, con humor negro, retrata la guerra, los miedos, pero también la indiferencia, que ella generaba en la juventud; es una mamadera de gallo pues la Bomba Atómica bien podría ser hecha de chicle.

            Pablus Gallinazo compone sus propias canciones, elogia la marihuana, el infierno, pues el cielo es muy aburrido y para allá se van las madres, los profesores y los sacerdotes. El Nadaísmo tiene cuernos.

            Jotamario Arbeláez, escribe canciones para Eliana, se confunden por la cabellera, no se sabe Cuál de los dos es la mujer. Hacen festivales de vanguardia, se reúnen, se emborrachan todos. Son amigos. Los poetas nadaístas y los músicos de rock coincidían generacionalmente en un momento de ruptura, en la que el arte y la cultura eran  “pólvora perfumada” para hacer la revolución.

…¡Muera la poesía!, ¡Viva el terror!

El nadaísmo es gentil armada de la revolución…

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Con Tinta Ebria

 

Nosotros queríamos una banda de rock and roll, pero escribimos poemas… ahí está la viva muestra de que todo lo hacemos mal. Pero eso no importa, aquí estamos y no existimos. Aquí ponemos las cosas que nacen con cada sorbo de whisky barato o que por lo contrario se mueren. Olemos a cigarrillo porque somos el cenicero del mundo y nuestros pulmones están tan negros, como la tinta de esos bolígrafos que no eran nuestros pero se quedaron con nosotros y crearon esto: nada. Tenemos los zapatos rotos como nuestras palabras y eso no entristece, así balbuceamos cada paso.

            Nosotros cogimos de parche a la muerte o ella nos cogió de parche a nosotros, da lo mismo. De todas formas nos emborrachamos por decencia a nuestra realidad que pesa como un putas, ¿pero qué es la decencia? Si nosotros no tenemos plata, no tenemos viejas. Las únicas personas decentes en este país, son los pequeños traficantes de drogas, la gente del rap conciencia, un auxiliar bachiller (otro ñero pero con plan de datos), las putas gordas y esos poetas de boina, barba y que fuman peche (son más putas que las anteriores). Nosotros no somos decentes porque fumamos Mustang azul.

            La amistad es lo único que nos queda y está enferma… pero la cuidamos: le damos de comer mierda y de beber Old John, Capus Club, Vinaja y otras cosas que no valen más de $15.000, pero no Eduardo Tercero (no hay que ser chirretes tampoco, el único Eduardo que nos gusta a lo mucho es Eduardo Escobar) y es que la poesía es nuestro bazuco por eso hay que mandarla a la mierda, mi mamá quiere que me rehabilite y por eso no recibe mi libro de poemas. Somos La Tinta Ebria y no vamos a pedir disculpas por las molestias, de todas formas somos amigos ante todo.

Jonatan Jiménez

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Con Tinta Ebria

Error, digo… fallo de la Primera Convocatoria Ediciones con Tinta Ebria

Ediciones con Tinta Ebria es un proyecto de parceros, a quienes nos une más la amistad que la literatura. Creemos más en la vida que en la poesía, si es que estas dos cosas no son lo mismo. Si decidimos hacer un concurso no fue por premiar las mejores obras presentadas, sino por tener una excusa para conocerlos y brindar con ustedes. Los concursos literarios, como los concursos de belleza, son azar y rosca, farsa y suerte. Acá premiamos los mejores textos presentados, ustedes preguntarán: ¿los mejores para quién?… nosotros decimos: los mejores para un jurado sin importancia… así que los ganadores no se crean mucho. Y los perdedores… (¡momento!): ¿acaso hay algo más perdedor que escribir poesía?…

Finalistas

Poesía

Alejandra Pascagaza – Horrible línea sin retorno – Bogotá

Alexánder Martínez – Antes de la oscuridad – Soacha

Golondrio Gorgona – Fragmentos de una ópera power violence – Chile

Javier López – El vino – Argentina

Sergio Muñoz – Las medias de la tarde  – Popayán

Lola Gutiérrez – Abro una naranja… – Argentina

Maikol Rojas – Elegía a la juventud –  Villavicencio

María Guadalupe Lara Gutiérrez – Ceniza – México

Diego Fernando Gallo – No quiero que me publiquen – Bogotá

Primer Premio: Alexánder Martínez

 

Cuento

Andrés Eduardo Zárate Orjuela – Adelita – Bogotá

Cristian López – Voyerismo Gatuno – Cali

Daniel Felipe Ávila Barreto – El tiempo – Bogotá

José Luis Machado – No sólo poses – Uruguay

Julián Camilo Pérez – El cuadrilátero – Medellín

Lina Zarama Villamizar – Por decir adiós – Bogotá

Miguel Bayona – I like – Bogotá

Andrés Rodríguez  – El hombre, su trastorno mental y su gran amor…

Francisco Robledo Bizarro – La amistad es un chulo que te pincha un poquitín para que no sufras – México

Primer Premio: Andrés Eduardo Zárate Orjuela

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Error, digo… fallo de la Primera Convocatoria Ediciones con Tinta Ebria