Presentación del libro ‘Cumpleaños del Tiempo´ de María de las Estrellas

 “Ser el niño poeta

es tomar el mundo de la mano

y reemplazar su centro natural”

E.Z.

Podría comenzar comentando que todos los poetas son niños. O que todos los niños ven el mundo a través de la poesía. O que los poetas se resisten, en el refugio del poema, a dejar de ser niños. O que, en todo caso, los poetas tienen en cierta medida una mirada infantil de la realidad —que no es lo mismo que infantilizada— pues se relacionan con el universo con asombro y misterio…

Pero empiezo diciendo que cuando uno conoce un poeta —a través de su obra— es como si conociera un amigo. Sobre todo si éste ya está muerto. Los poetas vivos suelen ser soberbios y estar acostumbrados a la adulación. María de las Estrellas es, tal vez, mi amiga más amiga y también la más silenciosa. En todas mis vidas, o sea en ésta misma repetida, no conoceré otra con inquietudes tan parecidas a las mías; con un desprecio tan amoroso al “sistema”, que aprendimos a quemar con el briquette gastado de la poesía.

El tiempo retrocede y los cigarrillos comienzan a encenderse de nuevo, los amigos muertos abren los ojos; sonríen: la niñez ingenua, con sus canciones, vuelve a alumbrar el planeta belicoso. El cuerpo es ya un traje suficiente para ocultar la desnudez. El amor es moneda falsa en los bolsillos de los títeres. Conocemos el mundo en la tienda de la esquina haciendo mandados (pedimos fiado hasta el pasaporte). Los astros cantan en el cielo sin ser estrellas de rock. Se muere uno un poquito con cada muerto que ignoramos. Le ponemos máscara a la realidad y los otros la llaman poesía. Volvemos al futuro sobre ríos de sombras (y de sobras). Se cansa uno del poema y se lo deja al mundo, acostumbrado a comer hasta mierda, ¡peor para él!

Como ven, María de las Estrellas sigue en silencio. Y yo no me callo. Le grito a su cielo de hongos, lápices y cajitas musicales. Balbuceo para que, entre palabra y palabra, la encuentren a ella.

Michael Benítez Ortiz

 

 

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Presentación Papeles para leer en el bus

Por Santiago González

Buenas noches. Como todos aquí bien sabemos, la poesía es una actividad infructuosa y malagradecida. Sobre todo si uno no hace parte de la rosca, no tiene talento o es un romántico masoquista que gusta de comer mierda. Como ganancias quizás encontremos esa perpetua sensación de delirio y la pasajera admiración de algunas señoritas ebrias. Cosas que no están nada mal. Pero la realidad es mucho más sombría: la billetera vacía, el cuerpo enfermo y las ganas intactas. Peor aún, para el mundo “real”, el poeta queda reducido a poco menos que un mugroso hippie. Un tipo vaciado, dotado de una sensibilidad chambona que se la pasa borracho y drogado lanzando injurias contra toda persona o institución que represente un orden. Y que además escribe versos ¡Versos! ¿Nadie les enseñó que podían escribir crónicas o cuentos? Menudos personajes que son los poetas.

Ahora bien, a modo de predicción diremos que el oficio del poeta, para esta segunda década del siglo XXI, será el de seguir bebiendo y ahora, gracias a internet, de componer finos memes para el regocijo del público virtual… ¡Ah! Y publicar de su bolsillo uno que otro libro de poesía, que sólo comprarán sus amigos y algún ingenuo que caiga bajo el encanto de estos embaucadores.

Y es que tenemos que reconocerlo. Quienes estamos aquí reunidos puede que no seamos unos maestros de la palabra. Nuestro vocabulario puede ser vulgar, nuestros versos chambones y nuestros modales bruscos… pero sabemos montar terapia. Y a fin de cuentas ¿Qué es la vida si no una terapia ni la hijueputa?

Una terapia que todos contamos y creemos. La terapia de los manes cayendo, la de las nenas cuando dicen que sólo es un amigo, la del niño que manipula a sus papás, la del juez y el abogado, la terapia de Estado, la Iglesia, el periódico y el centro comercial. Tantas terapias, tantos cuentos que nos han contado, muchos que hemos creído y muchos otros que no.

Y vean que desenmascarar todos estos cuentos es fácil. Un ejemplo claro: todos estos libros, todos estos billetes, todas las facturas y antologías son papel. Papel como el que utilizamos para limpiarnos el culo.  Papel que por una u otra terapia cobra un valor, tiene un significado.

Papeles, papeles llenos de terapia, papeles de esos que se leen en un baño, en un bus, como el libro que publicó Michael, un libro que retrata lo que es  vivir con la poesía y utilizarla para lidiar con este mundo de mierda, con las ganas de culiar, con la violencia, con la infancia perdida. Una terapia que vale la pena leer, no porque sea la cúspide del verso contemporáneo, porque eso ya lo hace el rap (y mucho mejor, por cierto) sino porque es sincero, porque proviene de las entrañas y sobre todo, porque es corto y ameno. Créanle al título cuando dice que son papeles para leer en el bus.

Para terminar quiero decirles que le compren el libro al chino. Juramos sobre lo que quieran que no lo vamos a gastar en chorro… y ustedes son unos maricas si nos creen. Buenas noches y disfruten de esta vaina.

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Rumbo a Sibaté de Andrés Chacón Urrego

 

Ediciones con Tinta Ebria no tiene estética conocida, además, porque lo único que sé de estética es que existen unos centros de esos llamados Paola’s o Yurbleidy´s donde se ponen las tetas y los culos las musas de los traquetos; y ninguno de nosotros tiene los versos de silicona.

Rumbo a Sibaté, del abogado e hincha de nacional Andrés Chacón Urrego, es un libro de poesía romántica, escrito, en su mayoría, a las putas de la 57 con 15 y a otros de sus amores de viernes. Ediciones con Tinta ebria es crossover… pero no a lo D.R.I. (banda de thrash metal), sino a lo 14 cañonazos bailables; por eso lanzamos los libros en diciembre y profundizamos en todos los géneros y estilos literarios, así que usted seguro encontrará algo de su gusto si lo busca con la paciencia de quien busca su categoría favorita en Cumbiaporno.

Chacón es un amigo cercano al parche de la Ebria, sobre todo cuando necesitamos que se ponga la corbata de abogado y nos saque de la UPJ, donde nos llevan por tomar en los parques de la ciudad hasta altas horas de la noche, y resistirnos a soñar dormidos porque necesitamos secretear con los árboles escuchando Los árboles y sintiendo “el secreto de la vida” en su música.

Los invito, pues, a leer Rumbo a Sibaté, sin “picarse a locos” como barrista de nacional… Y, recuerden, que la policía nunca es “La policía del amor”, pero, en cambio, decir poesía de amor, es algo redundante.

 

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