Sueño de ruana

 

Estábamos tomándonos los chorros de guarapo con Guillermo Buitrago en la rockola de la loquita al lado de mi casa en Usme, cuando entra Jattin a pedir monedas para echarse los carrazos y le decimos que todo bien, que más bien se quede tomando con nosotros. Al rato comenzamos a cantar, entre todos, Dame tu mujer José.

Parece navidad. Pero no: para nosotros todos los fines de semana son navidad.

Sueño de ruana

Mi maldito silencio

 

I

Los óvulos que duermen sueños profundos en toallas higiénicas importadas, los espermatozoides que descansan en ataúdes enterrados bajo los calzoncillos de sus padres, nada saben. Nada saben de estas calles acorraladas por sueños de ceniza.

Las voces cantan cansadas, trasnochadas; arropadas de viento, luz de luna, bombillas lejanas y algunos cuerpos hermanos que no importan tanto cuando se disuelven en uno solo.

De una fábrica de motos en cobre nacen cassettes y algunos vinilos que paseamos de la mano como los hombres de bien sacan la novia a comer empanada y a desatorarse con helados hechos en las mismas neveras donde secan las medias del uniforme de la hija colegiala. Y la música arriba y el brandi abajo mordiendo las alas de la soledad.

Y esta misma “gente de bien” juzga de cerrado al rockero porque sólo escucha rock and roll. No saben que es lo mismo que decirle a cualquier hombre que es un imbécil porque sólo se acuesta con la mujer que ama.

II

Manos negras raspan la noche y se liberan esclavas de los grilletes de los sistemas.

 

Soy un desertor de la legión

de los conformes

porque no soy un robot

sin ilusiones…

 

Y ella está allá. Puertas abiertas bailan en el aire. Suspira palabras como flores de humo que se columpian sobre su pelo.

Me llama. ¿Qué hacer?…

III

Ahora sé porqué calló cuando nos vimos a los ojos, sé también porqué lo hice… ¿por qué lo hago?: Incapaz de alagarla con una bella mentira, la tengo a mi lado, rodeados por la niebla que escupe una máquina en el piso.

Tardan tanto en llegar las palabras que, de pronto, llega el novio, quizá, y se la lleva en una moto que arranca a una velocidad que envidiarían las que hacemos en cobre.

Debe estarla amando en este momento y yo creando excusas para recordar mi maldito silencio. Y no arrepentirme por haber callado.

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                                     Imagen: Fernando Maldonado. Tomada de: fmaldonadoart

 

Mi maldito silencio

Esperando un pacto con el diablo

 

La pared pintada con una sombra negra. En el centro una vela encendida en medio de una calavera ilumina botellas de licor vacías durmiendo en el piso. Sangre de gatos callejeros lista en copas de cobre para brindar con la muerte. Cristo bocabajo mira el cielo mientras el ruido de la música rebota en su cerebro.

            Eso ve la gente desde la calle. Es 1984. Ni Orwell se imaginó tanta mierda.

Llega el primero. Enciende un cigarro. Se sienta. Toma una guitarra acústica y comienza a tocar. Ahora tocan a la puerta. No es ella: es la policía. Aquí no ha pasado nada. Se van. Por qué tanta demora: los carros deben de estar atorados en las gargantas de las avenidas.

            El teléfono. “En 15 minutos llego”. ¿Qué hacer? Imaginar la canción, mirar el techo. Hay una mosca en el tocadiscos. Cementerios de telarañas en el cielo.

            Llega el segundo, el tercero. Destapan cerveza. Llega ella. El disco. Los prejuicios se ahorcan en un planeta sin gravedad.

No lo olvides nunca:

es un pacto con el diablo.

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          Imagen: Portada “Pacto con el Diablo” – Ángeles del Infierno
Esperando un pacto con el diablo

Los perros no entienden los mapas

 

I

No sé cómo la muerte se ha convertido en mi sombra, la llevo tatuada en toda mi sangre, no se ahoga, no perece; se impone. Es filosa como la razón: degolla mis sueños. Un perro ciego trata de cruzar una avenida empolvada, llena de buses destartalados. No puede. Me conmuevo, lo abrazo, tenemos el mismo miedo. Los árboles mueren arrodillados.

El sol es una burbuja que cae del cielo y se revienta al contacto con la ciudad, con las tejas de lata de mi casa. Cubitos de arena dañan el ventilador. Sudor. La pereza me quiere tirar de nuevo a la cama pero tengo que ir a estudiar.

            Me asomo por la ventana: ahí están ellos parados todavía, soy vecino del terror. En mi barrio llueven balas y no las predice la meteorología. Estamos en el centro: somos la yema de un huevo podrido que se comen los cuervos.

          Llegan las pandillas: que qué pasó que cómo fue. Las balas apagan el silencio. Mi hermanito de dos años se despierta, llora, aún no sabe nada de la vida y de la muerte, que no hay diferencia sustancial entre fabricar un ataúd o una cama. Sólo pienso que se me está haciendo tarde.

            Media hora después llega la policía.

II

La oscuridad coquetea, cruza la línea, roza con su lengua los dientes de la tarde. Las noticias de las siete: los muertos del día. (Pero, y si los muertos son sólo números, ¿amar las matemáticas es una relación necrofílica?). La casa se impregna de olor a sangre y mentiras. Mi papá, con arroz y plátano en la boca, mira el televisor, luego a  mi mamá y le grita: “María, mire, ¿ése no es el hijo de doña Delfina?”:

…Por cruzar frontera invisible muere joven de 14 años en la ciudad…

             Sí, efectivamente, por el gesto que hace mi mamá, sé que es el hijo de doña Delfina.

            ¿Quién será doña Delfina?

Los perros no entienden los mapas

Milagros II

Cuando desperté todavía estaba dormida en el sofá. Intenté levantarme pero resbalé en el sudor de la noche, o en un poquito de vino derramado. Quiero exprimir el sol ácido. Me gusta verla así: abstraída del mundo, de lo que todos nos ponemos de acuerdo en llamar “realidad”.  Respira tranquilamente. Olvidó quitarse las gafas y los zapatos pero, aun así, se ve muy cómoda: sonríe en su sueño. Llevo mi rostro al suyo lo suficientemente cerca para sentir su aliento pero teniendo cuidado de no despertarla. Paso mi nariz por todo su cuerpo, comenzando por el cuello, y cuando llego a su ombligo —que está descubierto— ella parece estremecerse: cierra las piernas como si quisiera tener el mundo entero entre sus rodillas. No entiendo cómo después de una noche de tragos puede oler tan bien.

            Me emociono mucho: siento como si hubiera un concierto de Motörhead en mi corazón. Confieso que me excita mucho la forma en que habla de sí misma: con toda esa herencia cristiana y sus convencionalismos medievales en los que para poder echarte un polvo tenías que agradecerle a dios. Y dios bravo, ¿cierto?…

Milagros despierta, me llama con su dedo índice y me dice que me siente a su lado. Recién levantada se ve esplendida, radiante: toda la habitación se cubre con su energía, las sombras se suicidan. Me pregunta que qué pasó anoche. Pienso en decirle que pasó de todo, que la noche nos quedó corta, que multiplicamos todos los vicios y todas las virtudes de todas las religiones del mundo unidas: que el bien y el mal se fundieron y confundieron en nuestros orgasmos… pero le respondo la verdad: “nada”.

            Se ríe y me dice que soy muy tímido y me siento un imbécil. Mientras pienso que eso me da píe para tomar la iniciativa, ella me dice que si no me pasa que la resaca te calienta, que te sube la libido hasta las nubes. Le digo, sin poder ocultar mi alegría, que sí y que mis amigos siempre se burlan de mí cuando les cuento eso. Ella me dice que con sus amigas es igual pero que eso no importa, que con los dos es suficiente.

            Se quita las gafas, las pone a un lado del sofá, pero se caen y ella las patea a la mierda con sus tacones. Me toca la barbilla con las yemas de sus dedos y me pregunta que por qué la olía mientras dormía. Pienso en decirle que lo hice porque me fascina su cuerpo, su boca, esa boca con la que invoca a Cristo… pero callo.

            Me dice que ahora sí la huela que ella también quiere disfrutarlo y me toma suavemente del cuello, bajando mi cara, por debajo de su falda, a su sexo. Respiro profundo como si me estuviera ahogando y corro, tratando de ser delicado, su ropita hacia un lado; ahora mi lengua juega en su humedad, que va aumentando. Siento que ella exclama algo suavecito y cuando la miro tiene los ojos cerrados y retuerce su cuerpo hacia atrás. Me siento tranquilo: lo estoy haciendo bien. Milagros se quita su blusita dejando al descubierto los dos milagros de su madre. Beso sus tetas como un bebé recién nacido.

            Nos ponemos de píe y ella me desabrocha la correa, sin torpeza, me baja el pantalón y comienza a besar el mío, comenzando por los dos milagros de mi padre (que no sé cómo los hizo siendo ateo) y siento que ella sabe hacerlo, que casi ninguna mujer sabe hacerlo pero ella sí… Me comienzo a ir pero siento que no puedo terminar en ese momento, que eso sería muy triste; ridículo.

            La detengo. Ella parece entender, creo que tradujo mi respiración, el temblor en mis piernas. Milagros me señala su esencia con la mirada: me está invitando a que entre en ella. Me acerco, la beso detrás de las orejas, el pelo… ella respira fuerte, se queja, me dice “¡mételo!” y tomo mi sexo, al que le podrían amarrar con una cuerda un tractor, con la mano, y me sumerjo en ella… no sin antes agradecerle a dios.

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                              Fotografía: Eva Green
Milagros II

El ángel que protege los balones es el mismo que esconde las medias

 

El balón pasa ileso por debajo del carro, protegido por algún ángel mueco. El día está caliente, metido en una licuadora negra. La gente se reúne los días como hoy en el parque y mira desde las tribunas partidos de microfútbol, mientras enfría sus cuerpos con bonices de guanábana o de mango. Yo no sé de dónde sacarán esos nombres con que bautizan sus equipos: Real-coholicos, Las trenzas del calvo, Fumanchester… Queda demostrado que los colombianos tienen la imaginación muy amplia, aunque sólo se haga evidente a la hora de ponerle nombres a sus equipos de microfútbol o ingeniarse nuevos métodos de tortura en las festivas y cotidianas masacres. Yo, por mi parte, deseo olvidar de todo un poco y comulgar con el aire con bonice de mandarina. Entonces uno se sienta, escucha gritos, háganle, duro con esos hijueputas, y se asfixia con esos cuerpos aburridos de domingo por la tarde. No hay nada interesante, excepto que no llueve, ni agua ni goles, ni mierda.

El domingo agoniza con resaca la semana, padece y se queja por no poder morirse para siempre. Somos poca cosa en la cárcel de los almanaques. Abro los ojos y veo como la cancha suda por sus abiertos poros de cemento.

Nada interesante, ni un pájaro que hable, ni un suicidio en los periódicos… el suicidio —pienso— es como hacerle un autogol a la vida. Las caras son muy repetidas, parecen imágenes de billetes falsos (¿pero, acaso, hay billetes que no lo sean?)… El gol no es ningún orgasmo, o sí pero masturbándose en canchas con las uñas sucias.

El partido termina, el ángel mueco se masturba con su aureola. Suena el disparo de una bala que no quiero que me encuentre o el balón debajo de algún carro.

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                Fernando Maldonado. “Juguetes”, tomada de: fernandomaldonado.blogspot.com.co

 

El ángel que protege los balones es el mismo que esconde las medias

Reflexiones sobre la taza del baño

 

Las ganas de cagar no respetan ninguna norma, son inmorales, nos dan en todas partes. Cualquier ley sirve para limpiarse el culo. Comemos y cagamos simplemente: la vida es la distancia que hay entre el baño y la cocina.

La ciudad es un gran baño público. Lo pienso ahora que me ha cogido la cagada del siglo. De este siglo, el XXI, donde se matan enviándose cartas repletas de ántrax por correo electrónico.

Uno no se puede quedar viendo los zapatos del que está en el baño del lado todo el tiempo, escuchando cómo su cuerpo interpreta esa música visceral: hay que leer, o recordar alguna canción… Grítale al diablo…

Las puertas están rayadas con mierda de todos los colores: como la revolución es una fiesta siempre estamos borrachos, mujer busca hombre que la tenga de 28 centímetros favor llamar a… y está tachado el número… a la policía. Escribe Otro.

Pero es imposible desconcentrarse en este sitio. Los mejores lugares para filosofar se encuentran al lado de la mierda: los baños y los buses. Anotemos eso:

Los mejores lugares…

Y esos zapatos cafés, de cordones negros, cordones-condones-vírgenes-sin-usar: que no conocen la UPJ. Un amigo quería conocer las personas a través de los zapatos, inducir la personalidad desde abajo, ahora tiene un montón de fotos llenas de pecueca.

Qué podría decir del dueño de éstos: Que caga como si hubiera comido pólvora con espinacas, pero… ¿qué más?… que lo disfruta mucho porque sube las puntas de sus pies recostándolas en sus talones como en un orgasmo… y que debe tener un gran barro en la punta de su nariz, grasoso y sangriento. Me da risa pensar eso, no sé con qué lo relaciono: el psicoanálisis es oficio de toreros.

Los zapatos se fueron. Termino de cagar. Me limpio el culo con el parcial de ayer. Salgo. Mojo mis manos para que digan que me las bañé. Lavo mi cara. Corro, miro la hora, maldita sea voy tarde a… me tropiezo con un volcán que vomita sangre.

Reflexiones sobre la taza del baño