Los impostores de Rock al Parque

 

Se cancela el show de Gillman, por razones políticas, en Rock al Parque, situación que indigna a muchos de los rockeros colombianos. No debería indignar a nadie más. Si un chavista lo hace, es por circunstancias ajenas a su música. Si un antichavista se muestra satisfecho, también lo hace desde una posición externa al arte. Dicotomías simplistas, de amigo-enemigo, no tienen espacio en el Rock and Roll.

            No se trata, como creen muchos, de que Rock al Parque sea un escenario apolítico que dé cabida a todas las propuestas estéticas dentro del rock. Eso se obvia. Porque en el ser humano —de Aristóteles a Foucault, y antes y después— no hay nada apolítico. Lo esencial es hacer una diferencia, una separación, entre el autor y su obra. Cosa que tienen clara los rockeros pero, parece que no, algunos chavistas y antichavistas.

En Colombia nos hemos acostumbrado al discurso del odio, de la creación de un enemigo, porque ha sido sumamente práctico en la política. Todos caen. Pero el rockero —sin ser un abstraído, sino por el contrario, por tener sus botas en la realidad— no se deja engañar de estos impostores.

***

Gillman y Elkin Ramirez.jpg
                                                                      Gillman y Elkin Ramírez
Anuncios
Los impostores de Rock al Parque

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

Poeta no es sólo el que hace versos. Hay algo mucho más allá. Es paradójico pero el último lugar donde se deben buscar los poetas es en los libros de poesía: es pura coincidencia que uno los encuentre allí. La poesía está en otra parte. En el rock and roll, por ejemplo.

Creo que muchas personas tienen una tendencia necrófila en cuanto a los artistas: gustan más de ellos cuando están muertos. Éste no es el caso.

Hablar de Elkin Ramírez es hablar de Kraken. Hablar de la obra de Elkin Ramírez, como poeta, es hablar de las canciones de Kraken como poemas. Y es que eso son. Ramírez era una persona culta, con múltiples lecturas encima, que se pusieron en evidencia a la hora de componer sus canciones. Siento, por ejemplo, una relación de la canción “Soy real”, del álbum Kraken I, con Platón y su “Alegoría de la caverna”. Sé que “Hijos del sur”, del tercer long play de Kraken, estuvo fuertemente influenciada por Eduardo Galeano y su obra “Las venas abiertas de América Latina”… Y así podría citar algunas de las lecturas de Elkin Ramírez, entre las que se cuentan las de los autores colombianos Fernando Vallejo y Gonzalo Arango. Pero lo que quiero es hacer una relación Kraken-poesía, no puramente literaria, sino más bien vital.

Disco tras disco Elkin Ramírez, mediante letras profundamente realistas —pero no de un realismo ramplón—, quiero decir con “realistas” que sus liricas siempre cantaron a nuestro contexto, a nuestros problemas cotidianos, y fueron una invitación a enfrentarnos a nosotros mismos. Por eso, cada quien tuvo una experiencia particular con Kraken; muy personal en todo caso. Habrá quien se enamoró escuchándolos, a quienes les mostró el camino del rock and roll como un proyecto de vida trascendente, quienes probaron con ellos lo que era un concierto de rock, etc. Lo que sí puedo decir, con certeza, es que ninguno de los “fanáticos” de Kraken ha quedado impune después de haberlos escuchado; algunos, incluso, hablarán de un “antes” y un “después” de Kraken.

Se nos fue Elkin, la muerte llega inexorablemente. Pero queda Kraken: su música, su poesía, ésa que representa el sueño colombiano, latinoamericano; porque desde lo local se llega, también, a lo global, y el rock and roll siempre será el lenguaje universal por excelencia.

 

…Creer e imaginar

Que todo lo nuestro no tiene final

Que lo eterno es el sueño

De la realidad…

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Segunda parte

Treinta años después, en una Medellín que surge del vientre de la noche agujereada a balazos, y distantes del escándalo, del ruido de las palabras que nos unen a través de sus grietas; del deseo de fama, canta el feto que tenemos en la garganta. Años noventa. Los nadaístas que no han muerto están viejos, ahorcados en cualquier árbol del tiempo, echan sus babas en los periódicos oficiales, escriben con buena ortografía, dan talleres y cátedras en universidades y ganan concursos literarios como venezolanas Miss Universo: se ganan la plata como la gente de bien. No hay nada más reaccionario que una cana.

            En la calle los niños juegan todavía, aman, le hacen el quite al cemento. Los árboles, una banda de rock independiente, sin etiqueta y, tal vez, sin antecedente musical en el país, comienza a hacer pequeños conciertos: tienen un público selecto. Graban un demo y, en 1997, un disco con quince canciones editado en Lorito Recods, el sello de Federico López, músico y productor colombiano. En el disco homónimo (o sin nombre) sobresalen, para cualquier lector de poesía colombiana, los nombres de Amílkar U y Raúl Gómez Jattin, como letristas de dos de sus canciones: “El acre sabor de su carne incandescente” y “Antonio”.

          “El acre sabor de su carne incandescente” que, al parecer, fue el último poema que escribió Amílkar U, tiende a intimarnos. Aísla. Ensimisma. La soledad tiene su erotismo, nos muerde el cuello en un cuarto oscuro; nos fumamos el asfalto, las angustias, y el humo va de los pulmones a la sangre, a las uñas. Unos pocos momentos de euforia que, para algunos, pueden ser alegres, son como la vida misma: nos recuerdan que no hay felicidad completa. Hay nostalgia, sensualidad, un vacío tejido con abismos. La embriaguez: el atardecer nos hace sentir pequeños, en qué momento dejamos de jugar y nos convertimos en esto que ahora somos: este disfraz y este nombre al que respondemos.

El acre sabor de su carne

incandescente

me ahoga hasta el fondo

nítido de un amanecer espléndido

que se derrama sin clemencia…

 

Contrario a Los árboles, El pez fue una banda con una intensión distinta, por lo menos en el sentido comercial y mediático: grabaron su segundo disco Eléctrico & doméstico en Discos Fuentes, sonaron en la radio e hicieron conciertos relativamente grandes (hay que decir que El pez participó en las versiones de Rock al parque 98 y 99). Una poeta antioqueña de 30 años me dijo, mientras movía la cabeza con Superdotado, que no había paisas de su edad que no conocieran El pez. Marcó una generación.

            La música de El pez es pegajosa y alegre, rayan con el absurdo y el desencanto. Hay que disimular el tropiezo: hacer de la caída un vuelo.

           En algunas canciones del disco los versos del libro Buenos días noche, de Eduardo Escobar, llevan el ritmo. La vida es farra, un pogo suave, un trago de ron (así sea Ron Jamaica), un rapidín. Cortázar baila en Disneyland. Se marea, vomita. El Día perfecto no es para colgarse oyendo Lou Reed. Pero tampoco es para algo en especial; para fantasear apenas. El pez es un Cadáver exquisito.

            Sobre todo si se acompaña con un buen vino.

…Y duermo con un condón

en la cabeza

e intento no pensar más en mi mundo…

IMG_20061231_1906532

La poesía nadaísta en el rock colombiano