El poeta joven colombiano

(Un caso particular)

Primera parte

Cuando me he puesto a hablar con poetas de más o menos mi misma edad, casi siempre inevitablemente se empieza, o se termina, hablando mal de los otros poetas. Esos “otros” son los que “tienen la culpa” de que la poesía, y el arte en general, en Colombia vaya de mal en peor.

           Entonces comienzan a decir que la razón por la que su obra poética no es reconocida, es porque en el país existe una “oficialidad”, un círculo cerrado, una suerte de complot: una alianza macabra entre editoriales, concursos literarios, organizadores de festivales y medios de comunicación, que es el motivo por el que su “valiosa obra” no obtiene la trascendencia que merece.

           Es fácil escuchar, entonces, juicios como estos: “El concurso de la Casa de Poesía Silva sólo se lo ganan los amigos de los jurados”, “en Colombia hay que escribir de forma conservadora como la gente de la Raíz Invertida para que lo publiquen”, “ningún poeta ni crítico reseña mis libros (si los tienen) porque sólo les producen envidia”,  “a mí no me invitan a ningún festival de poesía grande porque el sistema está hecho para silenciar a los autores como yo”, “la poesía que llaman joven en el país la hace Federico Díaz-Granados que tiene 40, se cree de 20 y escribe como uno de 60”, etc.

       En consecuencia, el poeta joven se margina, se auto-margina, cree que es un “incomprendido”, que su obra ha llegado en un momento histórico equivocado, que más adelante lo entenderán porque ahora sólo le canta a sordas estatuas. Y, es ahí, en esa auto-marginación, donde comienza a justificar sus borracheras y su mediocridad (las primeras muy dignas, por si acaso).

Y el poeta joven en Colombia, deriva, casi siempre, en una persona resentida, que tiene pesadillas con Federico y que necesita odiar y negar a los otros para justificar su propia “grandeza” (por eso habla mal de ellos), pero que, a la final, sólo se revuelca en su propia mediocridad…

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oliva
                                                        Obra: Viktor Oliva
El poeta joven colombiano

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Segunda parte

Treinta años después, en una Medellín que surge del vientre de la noche agujereada a balazos, y distantes del escándalo, del ruido de las palabras que nos unen a través de sus grietas; del deseo de fama, canta el feto que tenemos en la garganta. Años noventa. Los nadaístas que no han muerto están viejos, ahorcados en cualquier árbol del tiempo, echan sus babas en los periódicos oficiales, escriben con buena ortografía, dan talleres y cátedras en universidades y ganan concursos literarios como venezolanas Miss Universo: se ganan la plata como la gente de bien. No hay nada más reaccionario que una cana.

            En la calle los niños juegan todavía, aman, le hacen el quite al cemento. Los árboles, una banda de rock independiente, sin etiqueta y, tal vez, sin antecedente musical en el país, comienza a hacer pequeños conciertos: tienen un público selecto. Graban un demo y, en 1997, un disco con quince canciones editado en Lorito Recods, el sello de Federico López, músico y productor colombiano. En el disco homónimo (o sin nombre) sobresalen, para cualquier lector de poesía colombiana, los nombres de Amílkar U y Raúl Gómez Jattin, como letristas de dos de sus canciones: “El acre sabor de su carne incandescente” y “Antonio”.

          “El acre sabor de su carne incandescente” que, al parecer, fue el último poema que escribió Amílkar U, tiende a intimarnos. Aísla. Ensimisma. La soledad tiene su erotismo, nos muerde el cuello en un cuarto oscuro; nos fumamos el asfalto, las angustias, y el humo va de los pulmones a la sangre, a las uñas. Unos pocos momentos de euforia que, para algunos, pueden ser alegres, son como la vida misma: nos recuerdan que no hay felicidad completa. Hay nostalgia, sensualidad, un vacío tejido con abismos. La embriaguez: el atardecer nos hace sentir pequeños, en qué momento dejamos de jugar y nos convertimos en esto que ahora somos: este disfraz y este nombre al que respondemos.

El acre sabor de su carne

incandescente

me ahoga hasta el fondo

nítido de un amanecer espléndido

que se derrama sin clemencia…

 

Contrario a Los árboles, El pez fue una banda con una intensión distinta, por lo menos en el sentido comercial y mediático: grabaron su segundo disco Eléctrico & doméstico en Discos Fuentes, sonaron en la radio e hicieron conciertos relativamente grandes (hay que decir que El pez participó en las versiones de Rock al parque 98 y 99). Una poeta antioqueña de 30 años me dijo, mientras movía la cabeza con Superdotado, que no había paisas de su edad que no conocieran El pez. Marcó una generación.

            La música de El pez es pegajosa y alegre, rayan con el absurdo y el desencanto. Hay que disimular el tropiezo: hacer de la caída un vuelo.

           En algunas canciones del disco los versos del libro Buenos días noche, de Eduardo Escobar, llevan el ritmo. La vida es farra, un pogo suave, un trago de ron (así sea Ron Jamaica), un rapidín. Cortázar baila en Disneyland. Se marea, vomita. El Día perfecto no es para colgarse oyendo Lou Reed. Pero tampoco es para algo en especial; para fantasear apenas. El pez es un Cadáver exquisito.

            Sobre todo si se acompaña con un buen vino.

…Y duermo con un condón

en la cabeza

e intento no pensar más en mi mundo…

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La poesía nadaísta en el rock colombiano