La inútil

 

Te busco

bajo desiertos de sombras

La noche habita entre los dos

cuando los relojes se ahorcan en el tiempo

Esos besos sabor a chicle

son la raíz cuadrada del silencio

 

Te busco

en los espejos, los charcos, los buses

en la palma de mi mano

a la salida de colegio

Te busco inútilmente

Inútil

poesía.

la inútil
                                                                         Obra: Remedios Varo
La inútil

Las cicatrices de la noche

Para Cristian Jhulian Callejas

En memoria

 

Nos emborrachábamos y nos orinábamos en la vida

—En la nuestra—

Con la humildad de los cigarrillos de cincuenta

Nadie comprendió conmigo tan hondo

lo ridículos que se ven esos poetas

en las fotos con sus gatos

Me decía: “Usted es un poeta piojoso

por eso es el único que me cae bien”

 

La noche tenía cicatrices en su rostro

y nos escupía monedas para la vaca

que metíamos en nuestros bolsillos rotos

 

Yo agacho la mirada y agarro por el camino más largo

si veo la muerte

bailando desnuda

en cualquier esquina

 

El recuerdo derrumba las calles

Hay un terremoto con epicentro en mi corazón

Créeme

Yo dejé de creer en Dios cuando comencé a creer en mis amigos

Por eso hoy me siento en la orilla de la soledad

y te traigo a mí

para que me enseñes a volar

ya que nunca aprendí a montar cicla.

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                                           Fumando cigarrillos de 50, con Callejas, en el Planetario
Las cicatrices de la noche

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

Poeta no es sólo el que hace versos. Hay algo mucho más allá. Es paradójico pero el último lugar donde se deben buscar los poetas es en los libros de poesía: es pura coincidencia que uno los encuentre allí. La poesía está en otra parte. En el rock and roll, por ejemplo.

Creo que muchas personas tienen una tendencia necrófila en cuanto a los artistas: gustan más de ellos cuando están muertos. Éste no es el caso.

Hablar de Elkin Ramírez es hablar de Kraken. Hablar de la obra de Elkin Ramírez, como poeta, es hablar de las canciones de Kraken como poemas. Y es que eso son. Ramírez era una persona culta, con múltiples lecturas encima, que se pusieron en evidencia a la hora de componer sus canciones. Siento, por ejemplo, una relación de la canción “Soy real”, del álbum Kraken I, con Platón y su “Alegoría de la caverna”. Sé que “Hijos del sur”, del tercer long play de Kraken, estuvo fuertemente influenciada por Eduardo Galeano y su obra “Las venas abiertas de América Latina”… Y así podría citar algunas de las lecturas de Elkin Ramírez, entre las que se cuentan las de los autores colombianos Fernando Vallejo y Gonzalo Arango. Pero lo que quiero es hacer una relación Kraken-poesía, no puramente literaria, sino más bien vital.

Disco tras disco Elkin Ramírez, mediante letras profundamente realistas —pero no de un realismo ramplón—, quiero decir con “realistas” que sus liricas siempre cantaron a nuestro contexto, a nuestros problemas cotidianos, y fueron una invitación a enfrentarnos a nosotros mismos. Por eso, cada quien tuvo una experiencia particular con Kraken; muy personal en todo caso. Habrá quien se enamoró escuchándolos, a quienes les mostró el camino del rock and roll como un proyecto de vida trascendente, quienes probaron con ellos lo que era un concierto de rock, etc. Lo que sí puedo decir, con certeza, es que ninguno de los “fanáticos” de Kraken ha quedado impune después de haberlos escuchado; algunos, incluso, hablarán de un “antes” y un “después” de Kraken.

Se nos fue Elkin, la muerte llega inexorablemente. Pero queda Kraken: su música, su poesía, ésa que representa el sueño colombiano, latinoamericano; porque desde lo local se llega, también, a lo global, y el rock and roll siempre será el lenguaje universal por excelencia.

 

…Creer e imaginar

Que todo lo nuestro no tiene final

Que lo eterno es el sueño

De la realidad…

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

Por la poesía

 

Con su trapero

he secado el charco de babas

que deja la muerte en mi casa,

cuando duerme en mi cama,

y lo he sacado a la calle

para que hidrate árboles moribundos

 

Con sus puntadas

aprendí a coser el sueño a mis huesos,

a prender mis cigarrillos en el sol

—cuando se me pierde el encendedor—

sin quemarme el pelo

 

Y no importa que la noche abandone el cielo para eyacular en mi sangre y ponga mis glóbulos-rojos pálidos de vergüenza

porque por ti sé que dios no contesta

las llamadas por cobrar

que le hacen los pobres,

y que el tiempo no se mata

con la única arma de dotación que nos dan:

la palabra,

esa pistola de juguete

 

Y también sé que escupo ceniza

pero por ti

me rebelo

ante ella…

Como el niño que decide

que antes que morir una vida que no es suya

es preferible ahorcarse

con el cordón umbilical.

 

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                                                                    Obra: Sarolta Bán

 

Por la poesía

Sobre el “Primer encuentro de poesía trasgresora”*

Para Andrés Santana

Toda la poesía debería ser trasgresora en sí, romper con el lenguaje, la convención, la tradición, la norma; la cotidianidad.  No sé si a nosotros (a mis amigos y a mí) nos dicen trasgresores por romper un montón de botellas, borrachos, o por hacernos vetar de todos los lugares donde leemos (esperemos que eso hoy no pase). Porque para romper botellas y hacernos vetar no necesitamos dárnoslas de poetas. Es más, les voy diciendo —para que algunas muchachitas se me vayan desilusionando— que yo no soy ningún poeta: yo soy es un rockero.

Señoras y señores, humanos y humanas, personos y personas, el alcoholismo no es un problema estético, sino un problema de salud pública. Emborracharte todos los días no te hará “maldito”, ni escribir como Hemingway si no tienes talento, por lo mucho terminarás matándote como él. Ni siquiera a Diomedes Díaz llegarás, así te huelas la Sierra Nevada de Santa Marta sembrada en una llave.

Nosotros no necesitamos de la pose de “malditos” o “trasgresores” para hacer la vaca de a mil pesos y comprarnos media de Old John, porque sabemos que todo trago es bendito si nos lo bebemos en la compañía de los socios, los amigos, sin importar que sea bajo el techo agujereado del cielo. Por eso, bájense de esa nube los que piensan que nos importa su farándula poética, sus poetas “malos” o “buenos”, su poesía “oficial” o “trasgresora”… o quizá mañana, a media noche, los baje una bala perdida de esas que se confunden con los voladores.


* Texto leído el 30 de diciembre de 2016 en el “Primer encuentro de poesía trasgresora” de donde, efectivamente, nos vetaron.

***

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Sobre el “Primer encuentro de poesía trasgresora”*

Crónica de un viaje en cebollero

Esto es mejor que El barco ebrio

Al levantarme, quedó dando vueltas en mi cabeza la idea de que realmente lo que quería era seguir durmiendo; en ése momento vino a mí la primera imagen del bus: un puesto vacío, ojalá al lado de la ventana, para continuar soñando. Por estar pensando güevonadas se me está haciendo tarde.

Debo decir es que para mí no es nada extraño coger un bus, sí: coger (hago la aclaración porque mi amigo argentino me dice que qué clase de filia es ésta de estar cogiéndose los buses)… y yo le digo que ninguna, que esto no tiene nada de rico.

Hago la parada al bus poniendo cara de no tener ni un peso (como si no la tuviera) y elevando el dedo índice como quien le dedica un gol a dios; que esto, dentro de la compleja semiótica ñera, significa: “me lleva por luka”.

Cuando subo, entrego la monedita y pienso en que se pusieron de acuerdo en descontinuar los billetes de mil, al mismo tiempo que los buses, que el “me lleva por luka” está en proceso de chatarrización. Miro hacia la parte de atrás del bus, buscando algún puesto vacío y, cuando lo veo, recuerdo la imagen que tuve al levantarme. Al sentarme, pido un permiso que es medio incómodo, no sabría decir porqué, a una chica que está en la orilla. Comienza el viaje.

El bus  hace paradas cada dos cuadras y empieza a llenarse rápidamente. La mayoría de gente tiene el cabello mojado. El bus comienza a oler a shampoo, perfume barato y humo.

Son las 8am. Estoy en un trancón que se forma en la quebrada Yomasa, de Usme, porque hay como 14 semáforos que no se ponen de acuerdo entre ellos. Este trancón dura entre 10 y 15 minutos más o menos. Escucho una voz particular que conversa, bueno, se grita, con otra voz igualmente particular: son dos conductores de bus (bueno, sin eufemismos: dos buseteros), que manejan por la misma ruta: Centro/Lomas/Molinos:

– Entonces qué gonorrea, ¿sí me va a hacer el trabajito? —escucho que dice, entre risas, el conductor de mi bus.

– No… venga más bien usted que acá se la tengo… —Contesta el conductor del lado, haciendo un gesto como de que… sí, de que se lo mame.

Se sube un pasajero y el conductor de mi bus se distrae recibiendo lo del pasaje.

– ¿Qué?… ¿le da miedo?, cómo a su mamá no le dio miedo anoche —continua bromeando el conductor del lado, con una risa entre morbosa y sucia.

– Qué va… Su madre que la tiene como un colador…

Y el semáforo cambia, mientras los conductores siguen diciéndose cosas, llenos de risa en los dientes; comienzan a acelerar y lo último que alcanzo a escuchar es algo que creo nunca olvidaré: “Su madre que la tiene re grande como para echar tres, seis, nueve o siete, catorce, veintiuna…”. Me pareció hasta poético. Ahora me siento un cerdo. Mejor vamos a  intentar dormir.

Lo intento pero estoy traumatizado con el verso del busetero, además el grito del ayudante del conductor del bus, al que le dicen “pato”, repitiendo: “Por el centrico, por el centrico, colabóreme caballero”, no me deja descansar. Estoy esperando que alguien grite el típico: “Me va a llevar a la casa de su madre”, pero nada; me parece ahora que eso es algo inventado por la literatura, las telenovelas y los memes para estereotipar a los pobres pasajeros de buseta. Aunque, con toda mi vida montando en bus, claro que he escuchado decir eso, con múltiples variaciones: a la casa de su abuela, a la de su moza, a la de su madre pero más adjetivado: a la de su puta madre. Pero hay que ser fieles a la realidad, si es que hay realidad, y decir que esta vez no.

Veo que la muchacha que está a mi lado está leyendo un libro, pero no observo bien cuál, me entró la curiosidad de saber qué libro es. Quiero ver disimuladamente. Intento desde el reflejo de la ventana pero es inútil. Lo que sí veo es gente en la calle, en la entrada del “Samber”, en la carrera décima, y los calibradores de buses que, dentro de poco, serán unos desempleados más. Desisto. Pienso en que debe ser uno bien malo como: “El arte de hacer dinero”, o algo así, para consolarme.

Ahora se suben a vender dulces… y yo que pensaba que eso no iba a pasar en este viaje. Me hago el dormido.

Cuando se baja el vendedor, subo de nuevo la cara para ver la gente que está de píe: sus cabellos ya están secos, parecen malhumorados, ahora sólo huelen a humo.

El bus frena brusco y casi me golpeo la cabeza contra el puesto de adelante. Me gusta la velocidad con la que conduce el busetero, es peligroso eso sí, hay que decirlo: como se mete en la vía del Transmilenio, se pasa los semáforos en rojo y deja los pasajeros en medio de la carretera; pero con éste afán endulzado con egoísmo me lo aguanto.

Ya casi llego. Hay que decir que estas sillas son mucho más acolchadas que la de los Transmilenio y el SITP. La del frente tiene un forro, con forma de calzoncillo, que dice: “No fume” como en tres idiomas. Recuerdo que alguien me dijo que antes fumaban en los buses, en los cines y en todas partes; cómo me hubiera gustado haber vivido eso.

Llegué. En este punto se bajan varias personas a las que nos toca ir “por el centrico”. Pongo la maleta al frente para que no me roben nada, aunque no tengo sino libros. De pie puedo leer el título de la obra que estaba leyendo mi compañera de viaje, que es: “El vencedor está solo”, debe ser filosofía existencialista. Te dejo sola.

Cuando estoy en la parte de atrás, donde está el timbre, una señora bajita le dice a un muchacho alto: “Me hace un favor y me timbra” y el muchacho responde muy serio, sacando el celular: “¿Cómo es su número?”. Decido timbrar yo. Me bajo y como a dos cuadras entiendo el chiste… y me río solo como un idiota.

***

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                 Imagen: El siguiente programa

Crónica de un viaje en cebollero