Entrevista Concurso Nacional e Internacional ‘Palabra Sin Frontera’

Entrevista exclusiva a Michael Benítez Ortiz, joven escritor colombiano ganador en narrativa del Concurso Nacional e Internacional ‘Palabra Sin Frontera’.

Próximamente BRUMA Ediciones editará BOGOTRASH, su primer libro de relatos.

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¿El ser humano nace artista o se va haciendo progresivamente?

No creo que el arte, o la condición de artista, sea una condición innata. Pero tampoco me inclino a pensar que la sociedad haga artista a alguien: esta sociedad nuestra solo puede crear asesinos. Es como decir que el hombre es bueno o malo por naturaleza, o se hace así socialmente. Yo pondría a Rousseau y a Hobbes a jugar billar y el que gane el chico que conteste esta pregunta.

 

¿Cómo empezaste tu carrera como artista?

No sé si me considero un artista. Hago malabares con las palabras. Eso sí. Casi siempre se me caen en el silencio. Cuando era niño mis hermanos y primos se reunían a jugar con carros, yo prefería estar solo mirando cielo… ahí vi mi primer poema.

 

¿Te inspiró alguien en particular?

Yo pensaba que la poesía (como expresión literaria) no tenía nada que ver con la vida y, realmente, no me equivocaba mucho. Un día conocí a Gonzalo Arango, Darío Lemos… y otros poetas nadaístas; vi, con ellos, que la poesía abundaba más en la vida que en los libros: asumí, entonces, la poesía como experiencia vital, como forma de acercarme a la realidad, a su misterio.

 

¿Cómo recibe tu entorno familiar y social tu inclinación hacia el arte?

Mi familia piensa que soy un genio y que algún día los sacaré de la pobreza. No saben lo equivocados que están. Yo les digo un poema que leí en una pared:

“El fabricante de rosquillas

Puede al menos comérselas,

Pero el que sólo sabe hacer poemas,

¿Qué comerá?” (*)

 

Sos narrador, poeta, y tenemos entendido que también sos músico: ¿Qué procesos de creativos se ponen en juego en cada uno de las esferas creativas? ¿En qué se parecen y en qué no?

Para mí lo esencial —como ya se habrá notado— es la poesía: la poesía se expresa en todos los espacios del arte y de la vida. Cuando narro hago poesía… la música es la poesía más pura. Si fuera músico no escribiría nada. No leería nada. La literatura a veces se queda corta, es balbuceo, patina en sus propias babas.

 

¿Tenés un momento del día propicio para la creación? ¿Un lugar?

A pesar de todo caigo en la tentación de escribir. ¿Por vanidad o falso altruismo?, ¿por no aceptar el devenir? La literatura es un crimen y más cuando se publica: mueren árboles y mentiras. Por eso hay que escribir oculto en el cuerpo de noche, donde nadie te vea… lejos de los ojos de los daltónicos que confunden poesía con policía.

 

¿Qué pensás de la narrativa actual?

De ella espero muy poco. Lo fácil que es publicar, ahora, ha llenado el mundo literario —si puede llamársele así a ese bollito de mierda— de Pizarniks, Bukowskis…, de jóvenes que sólo escriben para engordar el ego —ahora yo me creo Jodorowsky—, pero no hay originalidad. “Todo está dicho ya” es una máxima que se repite hoy… (¿Desde hace cuánto?)

Sobra decir que todo esto lo digo con mucho respeto: sin haber leído ningún autor contemporáneo.

 

¿Pensás en el género que vas a abordar antes de escribir?

Sólo, hasta mucho tiempo después de estar escribiendo poemas y cuentos, conocí las estructuras —por decir de alguna forma— “canónicas” de estos géneros literarios: Ahora sé que nunca he escrito un cuento o un poema.

 

¿Cómo surgió BOGOTRASH?

Bogotrash nace de una necesidad vital, autobiográfica, de una enfermedad que pretende desbordar lo poético en la realidad, del vientre del rock and roll, de unas (muchas) borracheras con mis amigos, de mi infancia: esa que no termina; de una ciudad donde las palomas ruñen huesos de pollo a la salida de los asaderos; de partidos de microfútbol a muerte, de amores precoces de colegio. Bogotrash nace de mi amor que coquetea con las formas que toman las sombras de la muerte.

 

¿Qué opinión te merece las editoriales? ¿Qué experiencias has tenido con ellas?

Las editoriales son un negocio… y eso no tiene nada de malo. Lo digo porque sé que hay mucha gente que habla pestes de ellas porque no les aceptaron el manuscrito de su “obra maestra”. Si alguien conoce un negocio que no genere plusvalía que lance la primera moneda (si es que tiene). Mi experiencia es con BRUMA Ediciones y es buena. Yo amo a mis editores (como seres humanos: no como editorial) porque se aventuraron con mi obra… y no saben lo que les espera.

 

¿Cuáles son tus autores preferidos?

Luis Vidales (Suenan timbres), Kraken (El símbolo de la huella) y Gokú…

 

Sos una persona muy joven, aún así, ¿qué le recomendarías a aquellos que están comenzando a escribir?

Que dejen de pensar lo que piensan mis papás: esto no da plata. Que estudien, roben o monten una empresa (valga la redundancia)… Pero si de verdad aman esto: que no escuchen consejos de nadie.

 

* Texto de X-504.

2014.

Dalila Dreaming de Carlos Castillo Quintero

Lejos de parecerse en la tonalidad a Chaparro o a Bolaño, como señala Pablo Montoya en el prólogo, al que con ese nombre le creería si hablara de automovilismo o cosas por el estilo; Carlos Castillo, en los cuentos de Dalila Dreaming, canta con su propia voz, que es como un concierto de rock a media noche, tan estruendoso que sólo termina con la lectura de la última página… o cuando llaman la policía.

El tono, en la mayoría de estos cuentos, es ebrio y alucinante. Pero no es la embriaguez del balbuceo: en el transfondo de cada relato está el escritor lúcido que se toma en serio —incluso demasiado, me parece— su oficio, y que conoce las mañas —las “técnicas” dirán ustedes— para escribir grandes historias, como las de Dalila Dreaming.

Contra la baba espesa del crítico literario, del literato, y de toda esa gente que no es capaz de escribir un poema que no huela a retórica, a formol o a biblioteca, digo que Dalila Dreaming es un gran libro, por cosas muy sencillas: Primero, porque fui capaz de leerlo mientras cagaba o iba montado en los buses cebolleros de Bogotá, segundo, porque no me sentí estafado y los libros en el Fondo de Cultura Económica son muy caros; tercero, porque estoy seguro de que me lo volvería a  leer; y, por último, porque es un libro honesto: esto lo sé porque me he emborrachado con el profe, y después de leer Dalila Dreaming uno se remite a esos momentos de embriaguez, en los que todos —incluso él— éramos personajes de uno de sus cuentos.