Ser poeta, un título que se gana de gratis

 

Andrés R.W. lanza su cuadernillo Poemario II, una plaqueta-demo, con la que rompe un silencio de toda una vida y comienza a abrirse camino en el tímido pogo (que parece al que hacían al ritmo de Maná en el colegio) de la poesía colombiana. Se intuye que es un trabajo en proceso —como todos—, del que puede surgir un libro más completo, un verdadero long play para romperse la jeta.

En Poemario II, los personajes son seres anónimos, como “el ñerito que lo acompañó a sacar las copias” y “la perrita Kena”, a quienes está dedicada la obra. Se escribe como se habla, se salta la norma (hasta la ortográfica) porque es preferible la mala ortografía a tener los versos de silicona…

Porque escribir es una de las formas de escapar de la locura cotidiana y su mordida inoxidable; y para el poeta, la única. Está el abandono de la familia y la irregularidad de los amigos: sólo la noche te adopta en sus calles y te hace suyo. Se llega a la epifanía vía alcohólica. Se exaltan los marginales pues todos tienen algo en común: la mala suerte de la poesía. Los sueños se guardan en bolsillos sin fondo…

Pero, sobre todo, se tiene algo muy claro: la literatura es un paracaídas roto contra el olvido.

 

***

Nos dedicamos al improductivo oficio de apreciar las deposiciones que trae la vida

Con un desmesurado placer

Somos carne de cañón y con nosotros se mide lo miserable del mundo

¿Quién más que nosotros

Puede gustar de cometer incesto y pedofilia a la vez?

De pasar noches enteras cantándole a la botella sin gastar un solo peso

De amanecer como los dioses, que habitan debajo de los puentes

Mendigando un pan, unos pesos o su compañía.

 

¿Quiénes más perdidos en este mundo que nosotros?

Si hasta los perros vagabundos encuentran un hogar

Si hasta la mente más corrompida fue elegida por voto popular

Y si el humano más atroz se rige como un dios en este templo.

 

Nuestra vida no vale nada

Y como la nada no tendremos bando

Si los soviéticos nos hubieran encontrado en esta noche

Seríamos parte del gulag

Y si hubiéramos tenido la fortuna de caer

En los campos concentración seríamos jabones

O hermosas lámparas

Adornando la oscuridad y eso sería mucho mejor que creerse poeta

De todas formas no queríamos ser poetas

De todas formas la vida nos condenó a poesía

De todas formas no existe nada más patético y miserable

Que creerse poeta.

 

Para más del autor en: https://ddsorden.blogspot.com.co/

 

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Ser poeta, un título que se gana de gratis

La rabia… de Javier Moyano

 

Mis amigos nunca me han pagado para que escriba sobre ellos —o sus obras: espejos sucios—, deberían más bien pegarme un botellazo para que me calle y no los haga quedar mal. Pienso en Moyano como un escritor de unos 27 años o que, en todo caso, me lleva unos 10 años (teniendo en cuenta que yo me creo de 17). Los poemas de La rabia – De sombras y de abismo son bombas artesanales hechas con las papas del almuerzo, ácido sulfúrico para desfigurarle la cara al poder —visto éste no como un ente abstracto sino como una fuerza institucional concreta que fastidia, como una roca en el zapato (no confundir la Roca con el poeta paisa, pues ese viejito no molesta a nadie)—, y que no temen a estar en pelota, aunque haya que poner en evidencia los calzoncillos cagados.

Colombia es un país donde se ve, por todo lado, profesores universitarios poetas, ingenieros poetas, policías poetas, carniceros poetas, políticos poetas… y hasta poetas poetas; pero donde —también— es más fácil que lo maten a uno, en cualquier esquina, a encontrarse con la poesía. Con Javier Moyano no se puede redundar en eso del “desencanto” o la “rebeldía”, en esas güevonadas que dicen los mismos que compran camisetas del Che Guevara  por Mercado Libre. No. Después de 10 o 15 años de constantes resacas uno no puede ser el mismo: ya existe la lucidez de llamar las cosas por su nombre. La poesía colombiana institucionalizada ha hecho del eufemismo una herramienta retórica. Moyano, al contrario, inventa su camino, se lo cree, tiene humor rabioso, es el ñero que roba y, tras del hecho, apuñala cagado de la risa, pues no se trata de ser valiente sino de saber cuándo salir corriendo. Entonces, los dejo con él… y ojo pierden la decencia… ¡y los celulares!

***

MY WAY

 

Tal vez algún día

me gane la lotería

con el dinero obtenido compraré:

 

una gran mansión donde me pierda,

tendrá una gran piscina llena de cerveza,

una limusina,

unas cuantas rubias sin sesos pero con grandes senos,

drogas y vinos finos,

un jet para ir a cagar a París,

un reproductor de música que truene hasta la luna,

le pagaré a cincuenta desgraciados que no hayan ganado la lotería

para que llenen mi panza y mi nariz,

compraré un misil a los gringos, otro a los soviéticos,

mandaré a vivir a mis parientes a Australia y los olvidaré,

también se me antoja comprar algunas joyas de Colombia o de África,

me haré a una revista o un periódico,

haré que los cerdos «periodistas» que trabajen para mí erijan de mi figura un mito,

le pagaré a gente para que diga que soy genial,

agrandaré mi pene,

me operaré los labios y me broncearé artificialmente,

abriré una whiskería rock,

seré estrella de rock,

capitularé con mi madre,

aseguraré mi ombligo,

contrataré médicos para no envejecer

preferiblemente a los que trabajaron con el rey del pop.

Tal vez algún día, seré yo.

 

Pero mientras tanto evitaré comprar boletos de loterías

y disfrutaré de los Buenos aires a tu lado.

 

Yes, it was my way.

 

hago gestos cuando me tomo un aguardiente,

 

no sé de carros

no sé jugar billar

me tiene sin cuidado el maldito fútbol

no tengo bajo mi colchón una Playboy

no me interesan las tetas o culos de mentiras (mentiras)

no le veo ningún problema a compartir un paraguas con un amigo

he medido mi pene y siempre digo la triste verdad

soy una vergüenza para mi padre y un fracaso para mi madre

no sé irme a golpes

siempre corro

soy pólvora mojada

tengo un perro pequeño y callejero al que le hablo maricadas

duermo con pijama

he llorado más de una vez viendo la misma película a blanco y negro,

no tengo muchos pelos y los que tengo no me los quito

he roto corazones y he puesto parches a otros

no presté servicio militar

y solo de una cosa me arrepiento:

pero no me acuerdo.

 

27

 

A mi torpe edad Donald se metió una escopeta en la boca y se convirtió en un ángel ingrávido,

Brian se hundió en el olvido y nos dejó con la lengua sin un blues.

A mi torpe edad mi madre ya me había parido,

mi padre ya estaba calvo.

Jesús aún vivía de mantenido como yo.

El hombre más feo del mundo se inyectó al diablo y nunca más cantó con una máquina de escribir de fondo.

James mordió la última nota de un grito desesperado y encendió el infierno para devorar la inocencia.

A mi torpe edad ya no sirvo ni para la guerra,

tengo tarjetas para pagar en cuotas,

sueños rotos para noches largas.

Ya he enterrado a un par de amigos,

he traicionado a otros tantos.

A mi torpe edad Douglas demostró que no todos los reptiles soportan el agua de París.

Yo renuncié a ser estrella de rock y me dediqué al misterio de los chicles bajo las mesas.

A mi torpe edad no moriré para ser inmortal, mejor subiré el volumen del stéreo.

 

Si está interesado en el libro La rabia – De sombras y de abismo, puede comunicarse con su autor: https://www.facebook.com/javier.moyano.3975

 

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La rabia… de Javier Moyano

Versí-culo primero de Jonatan Jiménez

 

En un principio lo que llama la atención es la portada: un Cristo bogotano, con una aureola de humo que surge de un Mustang azul en su mano derecha y con una botellita de Old John comprada en Las Nieves en la izquierda. Ustedes se preguntarán que por qué sé qué marca de cigarrillo fuma Cristo y dónde compró el trago, pues muy sencillo: yo lo acompañé.

            Hay que decir que Jonatan es mi amigo, así que no esperen neutralidad en este texto. Aunque, en términos estrictos, el que espere neutralidad en una reseña literaria hecha en Colombia es muy ingenuo: todas están compradas por las editoriales para que libros malos se vendan, o los mismos autores las cambian por invitaciones a festivales, premios literarios, o el prólogo para el último libro de poemas. Los escritores mediocres se alagan entre ellos.

La poesía, en los escritos de Jonatan, está en la espontaneidad con que se expresa, donde importan poco los tecnicismos del lenguaje, porque lo importante es ser fiel a la vivencia, a la vida, que es donde rockanrolea el poema. Muchos escritorzuelos, sobre todo esos que no han tenido el gusto de comerse un roscón con Colombiana en cualquier panadería de la ciudad, pretenden invalidar esta poesía tildándola de vulgar y simplista, de ser un siamés con dos rostros de Bukowski; a los que el autor responde sin titubear: ¡muéranse de envidia parranda de hijueputas!

           Versí-culo primero, me consta, fue escrito como un rapidín: 15 días antes de ser publicado, por eso es un libro lleno de pequeños momentos; esto no lo hace ser, como pensará el lector más despistado y solapado, efímero o desechable, sino que expresa un vivo ejemplo (este libro está tan vivo que si se descuida lo atraca) de lo que es la poesía colombiana contemporánea: donde lo esencial no se encuentra ya en las grandes reflexiones como el amor y la muerte, sino que se halla en la complicidad de un perro o un cigarrillo. Ustedes dirán que de eso ya se ha escrito mucho hace tiempo, pero así como nadie se baña dos veces en el mismo río (menos en Bogotá, qué peligro), nadie se fuma dos veces el mismo cigarrillo, que, por cierto, como señala el autor, es más importante que los condones y, según algunas cajetillas, también sirve para planificar.

            En Versí-culo primero existe un rechazo implícito a esa poesía chimba que nos tratan de meter todos los días, y que no falta el bobo que se deja, porque lo único que le importa es que no le metan falso el billetico de $100.000. Versí-culo primero no es un libro de caras lindas y frases obvias. A Jonatan lo pueden confundir con una vieja, si quieren, pero con una vieja fea.

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Versí-culo primero de Jonatan Jiménez

Dalila Dreaming de Carlos Castillo Quintero

Lejos de parecerse en la tonalidad a Chaparro o a Bolaño, como señala Pablo Montoya en el prólogo, al que con ese nombre le creería si hablara de automovilismo, o cosas por el estilo; Carlos Castillo, en los cuentos de Dalila Dreaming, canta con su propia voz, que es como un concierto de rock a media noche, tan estruendoso que sólo termina con la lectura de la última página… o cuando llaman la policía.

            El tono, en la mayoría de estos cuentos, es ebrio y alucinante. Pero no es la embriaguez del balbuceo: en el trasfondo de cada historia está el escritor lúcido que se toma en serio   —incluso demasiado, me parece— su oficio, y que conoce las mañas —las “técnicas” dirán ustedes— para escribir grandes historias, como las de Dalila Dreaming.

            Contra la baba espesa del crítico literario, del literato, y de toda esa gente que no es capaz de escribir un poema que no huela a retórica, a formol o a biblioteca, digo que Dalila Dreaming es un gran libro, por cosas muy sencillas: Primero, porque fui capaz de leerlo mientras cagaba o iba montado en los buses cebolleros de Bogotá, segundo, porque no me sentí estafado y los libros en el Fondo de Cultura Económica son muy caros, tercero, porque estoy seguro de que me lo volvería a  leer; y, por último, porque es un libro honesto: esto lo sé porque me he emborrachado con el profe, y después de leer Dalila Dreaming uno se remite a esos momentos de embriaguez, en los que todos —incluso él— éramos personajes de uno de sus cuentos.

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Dalila Dreaming de Carlos Castillo Quintero

Cielo para pájaros en llamas de Diego Granda

Uno coge la novelita de Diego y lo primero que siente es ansiedad, esa ansiedad que se produce cuando uno va a destapar una botella de aguardiente un lunes o un martes porque es como si estuviera haciendo algo mal. Hay riesgo. Sin riesgo no hay libertad. Se comienza a leer y comienza la borrachera. Y se da uno cuenta que la novela no es novela, pero tampoco es que no lo sea, sino que es más poesía que novela: que es más vida que papel.

            Entonces uno se sumerge y siente ganas de aspirarse todo el color blanco del mundo. De dejar el mundo sin nubes ni palomas jugando en esas nubes. Se aprende que el amor es la única forma de mamarle gallo a la muerte, que los sueños son la realidad, porque la “realidad” es una pesadilla impuesta; que en la poesía está la forma de trascender lo cotidiano, que el asesino es un pequeño poeta que se equivocó de víctima, que difícilmente se puede estar pleno y sobrio al mismo tiempo.

            Cielo para pájaros en llamas, es un libro sencillo, que apuñala el narcisismo, un libro que escribió alguien con el que usted se puede sentar a tomar vino un lunes o un viernes. Al que usted le puede decir su novela es una mierda y no se va a ofender. Sino que enterrará esas palabras bajo un árbol para que crezca más. Este libro es una semilla donde surge dinamita. Un pedito en la cara de la sorda literatura colombiana de hoy.

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Cielo para pájaros en llamas de Diego Granda