La historia muda de RéquieM

 

RéquieM fue una banda de heavy metal madrileña —pero no del Madrid de Obús o Barón Rojo, sino del de Colombia, la patria de los muertos— activa entre finales de los noventas y principios del dos mil; escasamente conocida en la escena rockera del país.

Su único trabajo se titula Historia muda, grabado en 1999, álbum que nunca fue prensado en ningún formato, pero que fue distribuido regularmente de forma pirata. Diez canciones donde el rock and roll y la poesía se mezclan despedazando umbrales y desvaneciendo fronteras estéticas. En sus composiciones, escritas en su mayoría bajo el método de la escritura automática, y con influencia de, entre otras obras literarias, La náusea y Los cantos de Maldoror, la banda aborda hondamente —desde el subconsciente— el tema de la memoria, problematizando el acto de recordar y aludiendo al pasado como una carga que hay que silenciar.

En Historia muda, la libertad habita entre la elección de la soledad y el ser gregario. Hay, por eso, un desgarrado retorno al individuo, en contraposición a la domesticación del consumo: al bienestar efímero; falso. Historia muda nos narra a través de un réquiem, compuesto de silencios.

 

***

Historia Muda

Tras mis manos heridas puedo ver

estrangularse todo el miedo

que he tenido al no recordar

pasados ebrios del tiempo

Las almas de mis lágrimas soñaron

Verterse en máscaras de miseria

Dejando huellas inocentes

con frías marcas de asombro

 

No encontraré

días de luz en mis bolsillos

y veré mi sombra muerta en la pared

 

He visto ejércitos de hombres sin luz

tratando de abrazar sus sombras

que se azotan contra las paredes

dejando grietas que yacerán

 

Encandilando los días de luz

Partiendo piedras con sus manos

Sus palabras llegaron hasta mí

Dejando sólo historias mudas.

 

Dioses de hielo

Después de tanto tiempo

hoy vuelvo a levantarme

entre colores ausentes de color

Vi los días de fuego

con tormentas de héroes

Hoy he abierto mis ojos para poder ver

 

Cómo caen fragmentos

de los dioses de hielo

Escucho gritos de ultratumba

de las víctimas

 

Fue una pobre confusión

del planeta en su final

No hubo más para crear

Me suicidé en un sueño

Dormí por muchos años

El cielo me ha tocado y vuelvo a despertar.

 

Cuando este mundo se cayó

Cuando este mundo se cayó

Cayeron los hombres

Cayeron los dioses

Fueron sepultados en el universo

entre tumbas invisibles

 

Cuando este mundo se cayó

Cayeron los sentimientos humanos

Cayeron todos sus sueños

Sus pesadillas se hicieron posibles

 

Fue cuando el mundo se arrepintió

de ver su propia creación

La  muerte vino y los arrastró

a lo más profundo

de su interior

 

Su cielo azul se derrumbó

Los liberó de su prisión

y destruyó a los que nunca fueron

capaces de vencer sus miedos

 

Estaban lejos de alcanzar

un planeta, eternidad,

Fue un lugar que siempre soñaron

Un mundo que soportara sus vicios

 

Rompió el silencio al despertar

Su furia en él se hizo notar

Él quiso estar en soledad

Cayó con el silencio

y su libertad.

 

 

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La historia muda de RéquieM

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

Poeta no es sólo el que hace versos. Hay algo mucho más allá. Es paradójico pero el último lugar donde se deben buscar los poetas es en los libros de poesía: es pura coincidencia que uno los encuentre allí. La poesía está en otra parte. En el rock and roll, por ejemplo.

Creo que muchas personas tienen una tendencia necrófila en cuanto a los artistas: gustan más de ellos cuando están muertos. Éste no es el caso.

Hablar de Elkin Ramírez es hablar de Kraken. Hablar de la obra de Elkin Ramírez, como poeta, es hablar de las canciones de Kraken como poemas. Y es que eso son. Ramírez era una persona culta, con múltiples lecturas encima, que se pusieron en evidencia a la hora de componer sus canciones. Siento, por ejemplo, una relación de la canción “Soy real”, del álbum Kraken I, con Platón y su “Alegoría de la caverna”. Sé que “Hijos del sur”, del tercer long play de Kraken, estuvo fuertemente influenciada por Eduardo Galeano y su obra “Las venas abiertas de América Latina”… Y así podría citar algunas de las lecturas de Elkin Ramírez, entre las que se cuentan las de los autores colombianos Fernando Vallejo y Gonzalo Arango. Pero lo que quiero es hacer una relación Kraken-poesía, no puramente literaria, sino más bien vital.

Disco tras disco Elkin Ramírez, mediante letras profundamente realistas —pero no de un realismo ramplón—, quiero decir con “realistas” que sus liricas siempre cantaron a nuestro contexto, a nuestros problemas cotidianos, y fueron una invitación a enfrentarnos a nosotros mismos. Por eso, cada quien tuvo una experiencia particular con Kraken; muy personal en todo caso. Habrá quien se enamoró escuchándolos, a quienes les mostró el camino del rock and roll como un proyecto de vida trascendente, quienes probaron con ellos lo que era un concierto de rock, etc. Lo que sí puedo decir, con certeza, es que ninguno de los “fanáticos” de Kraken ha quedado impune después de haberlos escuchado; algunos, incluso, hablarán de un “antes” y un “después” de Kraken.

Se nos fue Elkin, la muerte llega inexorablemente. Pero queda Kraken: su música, su poesía, ésa que representa el sueño colombiano, latinoamericano; porque desde lo local se llega, también, a lo global, y el rock and roll siempre será el lenguaje universal por excelencia.

 

…Creer e imaginar

Que todo lo nuestro no tiene final

Que lo eterno es el sueño

De la realidad…

Elkin Ramírez, un poeta del rock colombiano

La poesía nadaísta en el rock colombiano

Segunda parte

Treinta años después, en una Medellín que surge del vientre de la noche agujereada a balazos, y distantes del escándalo, del ruido de las palabras que nos unen a través de sus grietas; del deseo de fama, canta el feto que tenemos en la garganta. Años noventa. Los nadaístas que no han muerto están viejos, ahorcados en cualquier árbol del tiempo, echan sus babas en los periódicos oficiales, escriben con buena ortografía, dan talleres y cátedras en universidades y ganan concursos literarios como venezolanas Miss Universo: se ganan la plata como la gente de bien. No hay nada más reaccionario que una cana.

            En la calle los niños juegan todavía, aman, le hacen el quite al cemento. Los árboles, una banda de rock independiente, sin etiqueta y, tal vez, sin antecedente musical en el país, comienza a hacer pequeños conciertos: tienen un público selecto. Graban un demo y, en 1997, un disco con quince canciones editado en Lorito Recods, el sello de Federico López, músico y productor colombiano. En el disco homónimo (o sin nombre) sobresalen, para cualquier lector de poesía colombiana, los nombres de Amílkar U y Raúl Gómez Jattin, como letristas de dos de sus canciones: “El acre sabor de su carne incandescente” y “Antonio”.

          “El acre sabor de su carne incandescente” que, al parecer, fue el último poema que escribió Amílkar U, tiende a intimarnos. Aísla. Ensimisma. La soledad tiene su erotismo, nos muerde el cuello en un cuarto oscuro; nos fumamos el asfalto, las angustias, y el humo va de los pulmones a la sangre, a las uñas. Unos pocos momentos de euforia que, para algunos, pueden ser alegres, son como la vida misma: nos recuerdan que no hay felicidad completa. Hay nostalgia, sensualidad, un vacío tejido con abismos. La embriaguez: el atardecer nos hace sentir pequeños, en qué momento dejamos de jugar y nos convertimos en esto que ahora somos: este disfraz y este nombre al que respondemos.

El acre sabor de su carne

incandescente

me ahoga hasta el fondo

nítido de un amanecer espléndido

que se derrama sin clemencia…

 

Contrario a Los árboles, El pez fue una banda con una intensión distinta, por lo menos en el sentido comercial y mediático: grabaron su segundo disco Eléctrico & doméstico en Discos Fuentes, sonaron en la radio e hicieron conciertos relativamente grandes (hay que decir que El pez participó en las versiones de Rock al parque 98 y 99). Una poeta antioqueña de 30 años me dijo, mientras movía la cabeza con Superdotado, que no había paisas de su edad que no conocieran El pez. Marcó una generación.

            La música de El pez es pegajosa y alegre, rayan con el absurdo y el desencanto. Hay que disimular el tropiezo: hacer de la caída un vuelo.

           En algunas canciones del disco los versos del libro Buenos días noche, de Eduardo Escobar, llevan el ritmo. La vida es farra, un pogo suave, un trago de ron (así sea Ron Jamaica), un rapidín. Cortázar baila en Disneyland. Se marea, vomita. El Día perfecto no es para colgarse oyendo Lou Reed. Pero tampoco es para algo en especial; para fantasear apenas. El pez es un Cadáver exquisito.

            Sobre todo si se acompaña con un buen vino.

…Y duermo con un condón

en la cabeza

e intento no pensar más en mi mundo…

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La poesía nadaísta en el rock colombiano

La poesía nadaísta en el rock colombiano

(Primera parte)

Los nadaístas compartían con los hippies y los go-gós criollos algo más que el pelo largo. Hay quien dice que los nadaístas fueron los primeros hippies. Cosa que sería cierta si Jesucristo no hubiera sido el primer hippie de la historia: un hippie colado entre judíos, como pensó hace rato un filósofo alemán mientras cagaba.

            La música y la literatura, a través del tiempo, han ido de la mano, como una pareja de lesbianas caminando por Chapinero: orgullosas. Cuando ya nadie le paraba bolas a los nadaístas mientras quemaban libros —como cualquier Procurador—, o escupían hostias —como cualquier metalero noruego—, o repartían manifiestos —como cualquier estudiante de universidad pública—; les tocó ponerse a la moda y usar el rock and roll en sus fines publicitarios.

            La poesía y el rock colombiano comenzaban a coincidir en sus propósitos de rebeldía, principalmente, juvenil. Gonzalo Arango y Elmo Valencia componen canciones para Los Yetis de Medellín. Llegaron los peluqueros, de Arango, protesta contra los policías que se enamoran y cortan las cabelleras de los incipientes hippies criollos, siendo, de paso, una burla a la patria y a las instituciones estatales que se sostienen en helados mitos de piedra. Y claro, qué viva Brigitte Bardot, pues ella era la única que podía calentar los sueños eróticos de la época.

            Mi primer juguete, de Elmo Valencia, con humor negro, retrata la guerra, los miedos, pero también la indiferencia, que ella generaba en la juventud; es una mamadera de gallo pues la Bomba Atómica bien podría ser hecha de chicle.

            Pablus Gallinazo compone sus propias canciones, elogia la marihuana, el infierno, pues el cielo es muy aburrido y para allá se van las madres, los profesores y los sacerdotes. El Nadaísmo tiene cuernos.

            Jotamario Arbeláez, escribe canciones para Eliana, se confunden por la cabellera, no se sabe Cuál de los dos es la mujer. Hacen festivales de vanguardia, se reúnen, se emborrachan todos. Son amigos. Los poetas nadaístas y los músicos de rock coincidían generacionalmente en un momento de ruptura, en la que el arte y la cultura eran  “pólvora perfumada” para hacer la revolución.

…¡Muera la poesía!, ¡Viva el terror!

El nadaísmo es gentil armada de la revolución…

La poesía nadaísta en el rock colombiano